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¡INOCENTE! i U H García acaba A de cometer la mayor de las torpezas: se había quedado sin una peseta. Cosa que, en el concepto social, equivale á cometer el mayor de los delitos. Su fortuna, que no había sido nunca la de un Nabab, ni mucho menos, necesitaba, como ciertos medicamentos, removerse para poder usarla convenientemente, ó lo quo es lo mismo, para llegar á producir la renta necesaria á cubrir sin déficit el presuptiesto de gastos un poco desproporcionado. En algún tiempo la buena suerte ayudóle en sus empresas, y sus negocios tuvieron siempre un éxito favorable. E n t o n c e s Juan era tenido por un muchacho inteligente y laborioso. P e r o llegaron los malos días, y detrás del primer desacierto vinieron otros varios que en pocos meses llegaron á reducir su fortuna á unos miserables r e s i d u o s y bastaron unas cuantas semanas más para que estos restos de su naufragio desaparecieran también por completo. Desde aquel momento, Juan empezó á perder la consideración de hombre estimable, y cuando más tarde tuvo necesidad de buscar en ¡a influencia de los amigos un apoyo que le facilitaseuna ocupación con la que poder atender á las necesidades de la vida, entonces comenzó la gente á calificarlo de perdido y calavera. ¿Cómo, si no haciendo locuras impropias de un hombre serio, hubiera sido posible derrochar en tan poco tiempo una bonita fortuna? Así dijeron los primeros amigos que no quisieron ó no pudieron ayudarle, y así repitieron luego todas las buenas almas que habían formado su adulador cortejo en los días de, prosperidad. El éxodo de nuestro amigo á través de esos interminables desiertos de los malos tiempos, en los que no se descubre ni un lugar de reposo ni una fuente donde templar la abrasadora fiebre de la desgracia, no tenía lia. Cerradas halló todas las puertas por la raisma mano que habla ordenado los sucesos de manera que produjeran el desastre de su hacienda. Llegaron, pues, no los días, sino las horas imposibles, y agotados todos los recursos, se decidió á intentar una última aventura. Allá en otros tiempos tuvo sus aficiones literarias, y guardados como recuerdos del tiempo viejo conservaba algunos artículos inéditos. Pero si carecían de valor literario, ¿cómo iban á tener valor mercantil? ¡Quién sabe! Puede ser que alguno resultase aceptable, y entonces había solución para el, problema de la vida, al menos por unos pocos días. Revolvió sus papeles y halló un artículo que encontró menos malo que los demás, y con él se marchó á la redacción de una revista de literatura. Dejó el manuscrito, y al otro día pasó de nuevo por el periódico con objeto de conocer el juicio que á su director le había merecido su trabajo. Fué recibido amable y cortésmente, y con la mayor delicadeza en la forma le dieron á entender que su artículo era un bonito trabajo, si bien no encajaba, por sus tendencias, en aquellas otras que el periódico se inspiraba. Se le invitó á que recogiera sus cuartillas y escribiese otras nuevas sobre asunto menos escabroso y de finalidad más inocente. Salió de la redacción un poco confuso, sospechando si aquellas corteses maneras pudieran: encubrir el firme propósito de una rotunda negativa; pero como nada hay que turbe más profundamente el claro juicio que el encontrarse aferrado á una idea en la cual se fía la última de las esperanzas, Juan creyó en la sinceridad de las palabras del director, y se formuló el propósito do escribir un nuevo artículo.