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ALMA VIUDA j SQUIVAITDO el roce de la muchedumbre j internarme suelo por calleja angosta que hacia las afueras va culebreando siempre solitaria, siempre silenciosa. ¡Qué paz se respira en aquel recodo junto á aquella tapia denegrida, vieja, por la que rebosan del jardín las ramas, de la que suspende su festón la yedra! Como á los sepulcros la ciudad envía sus rumores, llegan también á aquel sitio el amortiguado rodar de los coches, la canción lejana de algún organillo. Era en mí costumbre refrenar el paso al rozar el muro y hundir la núrada por la celosía que en escaso hueco tejieron los tallos de una pasionaria. Tras de los cristales del invernadero que ya comentaban á empañar las nieblas, todas las mañanas se me aparecía en igual postura la mujor aquella. Me ocultaba el rostro, que inclinaba siempre hacia humilde planta ¿B sequizas hojas. Sólo distinguía sus cabellos blancos y su traje oscuro de anticuada forma. Al pasar y verla, casi con cariño decía: -Es la anciana que cuida sus ñores. -Cierta vez el rostro volvió de repente al oir mis pasos. E r a hermosa y jovon. E r a hermosa y joven; pero su mirada clavaba en Jo alto con tenaz fijeza como si durmiera sin cerrar los ojos, (iuien la conocía me dijo: Está ciega. -Escuché su historia. Sin luz y sin madre, del jardín oculto creció en el silenciio junto al padre, anciano casi siempre triste, que sólo la hablaba de pasados tiempos. E n t e r r a d a en vida, como á veces llegan hasta los sepulcros rumores lejanos, traducir creyendo rumores del mundo habitaba en otro por ella soñado. Al sonar su hora, de una voz al eco sintió en las tinieblas el roce de un alma, y sufrió pensando que quizás no fuera lo bastante hermosa para ser amada. Mas desvanecidos pueriles temores, amó, pobre ciega del alma y del cuerpo, confundiendo cosas que son de la tierra con otras m á a puras que se ven en sueños. El era extranjero y el deber le hacía e m p r e n d e r á veces penosos viajes. Be remoto clima la trajo una planta que daba unas flores de color de sangre. Y ella la cuidaba, y era su consuelo en tristes ausencias respirar su aroma. E n una m u y larga cesó de escribirla y ella sintió miedo Conocida historia. Comenzó el martirio; los recelos vagos, las noches de insomnio, la creciente angustia, el mortal cansancio de contar las horas, la carta esperada que no viene nanea. Y por fin el grito del dolor que estalla: Tamas el olvido la muerte primero! Un día su padre la abrazó lloroso, a besó en la frente y la dijo: Ha muerto. Y mintió el anciano; m a s ¿cómo decirla te íngañó el infame, te olvidó por otra? En s u p r e m a crisis de locura y fiebre -alvo una existencia mentira piadosa. Ai dejar el lecho la desventurada sus cabellos eran de color de nieve. Hoy en el silencio del jardín oculto ñel á su palabra, piensa en el ausente. Su pena es tranquila: sabe que en el cielo encontrarse logran las almas gemelas, las que no faltaron á la fe jurada, y ella, como ignora su desgracia, espera. Tras de los cristales del invernadero la contemplo al paso todas las mañanas en igual postura, sola, pensativa, siempre acariciando la marchita planta. Sus ojos de ciega, con tenaz empeño clavando en la altura y esperando siempre... Pero tú, Dios mío, tú harás bondadoso que allí n o se encuentren ElCAEDO G I L DIBUJO DE J. FEANCES F