Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
7 ÍA r w 1 j I I í í N f 1 sF? i. y M- ií l; st Si? íi í l M zoGUE sentían correr por sua venas los cómicos; pálidos se levantaban los autores; inquieto se dirigía 1 1 al teatro el empresario; receloso y mirando en todas direcciones salía de su casa el jefe de la clac aJ día siguiente de un estreno. Y con razón, con sobrada razón! ¿Ha venido El Porvenir Español? preguntaban. ¿Saben ustedes si se mete con nosotros Eurípides? ¿Qué dice hoy? Y con febriles ansias buscaban en las columnas del diario la terrible y descarnada crítica, la demoledora revista de la obra estrenada. En efecto, Eurípides justificaba el pavor de aquellas gentes, el miedo con que se pronunciaba su nombre, porque según él, la obra era un disparate, el autor un imbécil, los cómicos unos miserables histriones- -lo. de histriones prodigábalo mucho Eurípides, -e empresario un defraudador de los intereses del público, y el jefe de la clao perfectamente incivil é intolerable. Eurípides, seudónimo con que firmaba las críticas Gutiérrez, que así se llamaba en la vida, era un carácter desconocido en absoluto en el periodismo, sin equipaje literario alguno que presentar en la aduana de las letras, tan enjuto de cuerpo como de inteligencia; necesitaba del ruido y del escándalo para que advirtiesen su paso por este mundo, que era, según pintoresca frase suya, un muladar indecoroso. Y en fuerza de osadía y atrevimiento consiguió hacer Gutiérrez de su inseparable Eurípides un nombre verdaderamente imponente. Para él, la mayoría de las reputaciones eran usurpadas; las obras nuevas, francesas; los clásicos de nuestro teatro, insoportables y demodés- -otra frase suya, -y nuestras actrices criadas de servir. Su principal característica era la de no encontrar en nada de lo que veía ni originalidad, ni buen gusto, ni ideas. ¡Ideas- -decía siempre en sus revistas, -que me den ideas! -Y con razón se lamentaba de ellas, por lo que luego se verá. Eurípides siguió cerrando contra todo lo existente y publicando la guerra santa, dispuesto á no dejar títere con cabeza ni empresario libre bajo fianza, y al cabo de tres años de tal campaña, él mismo se llegó á posesionar tanto de su papel, que creyó necesario de todo punto su intervención directa en la escena, en nuestro primer teatro nacional, porque si no el teatro se lo llevaba la trampa, y el mal no tenía remedio. ¿Hacía falta uno que redimiera el arte, que se sacrificara? Pues para acometer esa empresa surgió Gutiérrez, como pudieron ver los que leyeron en los periódicos el siguiente suelto: Nuestro querido compañero don Gabriel Gutiérrez, que tan famoso ha hecho el seudónimo de Eurípides, ha terminado, con destino al teatro Español, un drama en tres actos titulado Nueva savia, del que tenemos las mejores noticias. Llegó el día de la lectura en el teatro. Gutiérrez sacó solemnemente de un bolsillo un manuscrito, se sentaron á su lado las principales partes de la compañía y empezó la lectura. Terminó el primer acto, que todos hallaron excelente, bien pensado y de ordenada y clara exposición. -Esta- -decía Gutiérrez animado por el éxito- -ha de ser la obra de la temporada. Verán ustedes qué segundo acto. Y con efecto, superó al primero en la impresión producida entre los cómicos. Gutiérrez pidió un pitillo, lo encendió ya con aire de triunfo indiscutible y se apresuró á teer el tercero en medio del silencio y de la atención más exquisita. Al acabar la lectura, llovieron sobre Gutiérrez ios plácemes y felicitaciones; faltó poco para que lo quisieran llevar en hombros por el saloncillo donde están los retratos de los autores de nuestro teatro clásico, y cuando la apoteosis coronó la soberbia de Eurípides, el empresario, que fué el primero en felicitarle, después de cambiar una mirada de inteligencia con los cómicos, dijo á Gutiérrez: Muy bonita! Pero no veo más que un defecto. ¿Cuál? -preguntó con cierta impertinencia Gutiérrez. -Que ese nuevo drama ya se estrenó en este teatro hace cinco años, arreglado también del francés, con el título de Savia nueva. Gutiérrez cayó desplomado sobre una silla. Naturalmente, que después de tan formidable plancha, Gutiérrez ya no se atrevió á meterse con nadie, dejando al pobre Eurípides en ridículo para toda la vida. LUIS G A B A L D Ó N