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r Todas las semanas iba de la ciudad próxima uno de los dueños de la mina á enterarse por sí mismo de la m a r c h a de los trabajos, y de paso llevaba los fondos necesarios p a r a pagar á los mineros sus jornales. E r a hombre de u n a gran fortuna, y solía ir siempre solo por los senderos de aquella bendita montaña, donde no había memoria de que j a m á s se h u b i e r a cometido robo alguno. Antero, al encontrárselo en su camino, mirábalo con envidia. ¡Oh, si yo tuviera la fortuna que él tienel- -pensaba- qué feliz sería Mariaehu! A fuerza de encontrarse con él todas las semanas, y á fuerza de envidiarlo, fué tomándole odio. U n día hasta le pareció que aquel hombre, al pasar á su lado, le contestó de ideñosamente al saludo, y aún se le figuró observar en su rostro una mueca de desprecio. Otro día creyó sorprender en sus ojos una maliciosa y furtiva m i r a d a dirigida á Mariaehu Otro día, por fin, lo encontró á solas, atravesando u n bosquecillo espeso. Sus ambiciones, su odio y su envidia asaltáronlo de pronto y lo cegaron Antero perdió la cabeza, y por primera vez sobre aquella montaña, cayó la sangrienta m a n c h a de u n crimenl Corrió después Antero donde su amada, y ésta lo vio agitado y convulso. ¿Qué tienes? -le preguntó intranquila. ¡Tengo dinero bastante p a r a hacerte dichos a! -c o n t e s t ó él con viveza, enseñando lo que acababa de robar á su víctima. ¿Qué h a s hecho, desgraciado? ¿Te h a s vuelto loco? -exclamó ella con desesperación, comprendiéndolo todo en seguida. ¡Vente conmigo! ¡Sigúeme! ¡Huyamos juntos de aquí! ¿Huir yo de aquí? ¡Jamás! ¡Si h a s hecho por qué, h u y e t ú solo! Antero bajó la cabeza, y Mariaehu, rompiendo á llorar, balbució desconsolada: ¡Me h a s desgarrado el corazón! ¡Me h a s envenenado la vida! i Vete t ú solo... solo solo! ¡Y n o volverás á verme n u n c a! L a infeliz e n t r ó e n s u casa y cerró la puerta. Antero h u y ó de la montaña. Con volver á verla estuvo soñando noche y día, fugitivo en extraños países, d u r a n t e largos años. Siempre e r r a n t e y herido p o r el dolor, buscó la ocasión propicia de irse á lejano continente, á bordo de u n b u q u e que iba á anclar frente á la montaña algunas horas. ¡Ah! ¡Desde el b u q u e volvería á ver la montaña! ¡Quizás volvería á v e r también á Mariaehu, cuya casa dominaba la bahía! Al acercarse á aquel recodo de la costa cantábrica, Antero iba sobre cubierta mirando á tierra con ansia febril. Pero por m á s que miraba ansioso no acababa de ver la costa, envuelta en densa neblina. E l b u q u e fondeó, y la neblina, en vez de disiparse á medida que el día iba avanzando, fué espesándose m á s aún, conviniéndose en niebla compacta. Llegaba el momento de levar anclas, y Antero nada veía. ¿Dónde estaba la montaña? ¿Dónde estaba Mariaehu? ¿Dónde estaba la casita? Diríase que todo había desaparecido L a niebla lo envolvía todo E n el instante mismo en que zarpaba el b u q u e empezó á desgarrarse la niebla, pero tan lentamente, que Antero sólo pndo percibir la roja herida abierta en el costado de la montaña, y los ojos del fugitivo se nublaron creyendo ver que de aquella herida brotaba sangre. EENBSTO G A R C Í A D I B U J O S 1) 1 1. F R A X C E S LADEVESE