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I ON sus verdes y apacibles laderas, con sus blancos y dispersos caseríos, con sus bosqueciUos de nogales y de castafíos, con sus caminos tortuosos marcados por ondulantes líneas de zarzamoras, con sus frondosas huertas y sus floridos jardines, con sus arroyuelos que al saltar forman espumosas cascadas, y con la larga y roja herida que lleva en un costado y que representa el supremo esfuerzo del hombre para hacer fecundas, hasta las más recónditas entrañas de la Naturaleza pródiga, arrancando de ellas el hierro, símbolo de fuerza y de vida, la hermosa montaña reflejábase en las serenas ondas del más pintoresco recodo del Cantábrico, medio escondido detrás de un cabo tormentoso. Diríase que se recreaba contemplando su imagen en las aguas azules, y que á veces embriagábase en el deleite de un ensueño mágico, encantada en su propio hechizo. Todos cuantos en la montaña vivían amábanla con filial ternura. Compadecíase á los desdichados que de ella tenían que alejarse, y cuando algún buque de los que en la pequeña bahía entraban levaba sus anclas para dirigirse á lejanas costas, pensábase con dolor en los ausentes, que de fijo lloraban por su montaña querida. En la parte más alta de la suave pendiente, cerca, de la cumbre, y en humilde casita que á un lado tiene un maizal, aeíante una pradera y detrás un grupo de manzanos, vivía Maríachu contenta y feliz, ilusionada con los amores de Antero, su novio, que por ella sentía la más ciega y ardiente pasión. Era la novia una arrogante muchacha, fresca, risueña, de sanos colores, de ojos grandes y expresivos y de un carácter franco, sencillo y cariñoso. Había en ella una extraña seducción en la que se combinaban adorablemente la hermosura, la bondad y la gracia. Mariachu cifraba su ventura en ser pronto la esposa de Antero, á quien, en la administración de la mina de hierro que había más abajo, se le iba á dar un empleíto, con cuyo sueldo podrían vivir modestamente en el regazo amoroso de la montaña natal. Antero tenía otras ambiciones. Cautivado y enloquecido por la peregrina belleza de Mariachu, todo le parecía poco para ella. -Si en el mundo hay riquezas y palacios y joyas- -se decía, ¿por qué no han de ser para una mujer ac- í? El qué de veras la ame, ¿puede condenarla á vivir aquí estrecha y pobremente, mientras disfrutan de todos los goces y bienes de la tierra tantas otras mujeres que valen menoo? ¡Ah, si yo fuera rico! ¡Qué dichosa haría entonces á Mariachul Alguna vez atrevíase á revelar estos pensamientos á su adorada, y ella, inquieta y medrosa al oirlo, procuraba ahuyentar tales ideas de la imaginación de Antero. Lo conocía bien; sabía que era obstinado y tenaz, y no quería verlo pensar de ese modo.