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so público, venían á encontrarse desfallecidos, miserables y olvidados en la más extrema necesidad de la vida. ¡Mala fortuna hemos tenido! -exclamó con tristeza el de la guitarra. -Yo- -replicó el de la flauta recordando sus antiguas rivalidades y ahuecando su cascada voz, -he tenido hasta hace m u y poco contratas ventajosísimas; hoy mismo pudiera estar en Méjico ganando veinticinco pesos diarios, p a r a cuyo fin vino de exprofeso á contratarme u n rico empresario de aquella RepábIica; pero esta ronquera, esta maldita ronquera que me h a dejado sin voz h a sido la causa de mi perdición y de mi ruina. Entonces el de la guitarra, mirando por encima de las gafas ahumadas á su rival, le dijo con el tono m á s impertinente; -Yo, sin necesidad de salir de España, podía estar contratado en el teatro del Príncipe, porque así se lo ha pedido el abono á la empresa, y querían nomb r a r m e director artístico con dieciséis duros cada día, pero esta falta de v i t a esta oftalmía pertinaz, me h a impedido aceptar t a n ventajosa proposición. -H o m b r e me extra- ñ a mucho lo que me dices, p o r q u e el género que t ú cultivabas está pasado de moda. -El género mío es el género eterno: el de Máiquez, el de Arjoua, el de Valero- Género efectistal- -dijo con desdén el de la flauta. -Con ese género h e arrancado muchos m á s aplausos que tú, y cuando trabajábamos juntos t e valías de todas las malas artes para eclipsarme, y m e pisabas los versos antes de que yo terminase de hablar, y abusabas de los latiguillos, á pesar de tu- realismo de agua chirle. -Yo arrancaba aplausos con una frase, mientras que tú, para que te aplaudieran, n e c e s i t a bas echar el pulmón por la boca. ¡M i e n t e s! jmientes! E n el Guzmán el Bueno me aplaudían la escena m u d a de bajar la escalera m á s que á don José Valero. ¡Los borrachos de la cazuela! ¡Y á ti los amigos de tu mujer! Al llegar á este punto los dos viejos se llenaron de denuestos; uno enarbolo la guitarra, el otro empuñó la flauta, y hubieran descargado sus iras ocultas como rescoldo de sus antiguas rivalidades, si no hubieran intervenido oportunamente los agentes de Orden público, obligándoles á separarse y á que cada uno tomase por su lado. El mendigo de la guitarra y el de la flauta, á pesar de su inutilidad se separaron llenos de altivez y de orgullo, sintiendo que bajo A 1 sus harapos palpitaban todavía los ensueños de grandezas y las ansiedades del aplauso publico; y recordando las veces en que habían sido magnates y soberanos ante la expectación del auditorio se alejaron pavoneándose como si fueran realmente lo que fingieron ser ante el público, á pesar de que la luna, echándoles por delante su sombra, les hacía bailar ante los ojos el ridículo perfil de su acabamiento y su miseria. R A F A E L TOREÓME DIBUJOS DE MÉNDEZ líRINGA