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S POMPAS HUMANAS AGIENDO sonar de vez en cuando las cuerdas de su guitarra, caminaba u n mendigo por el paseo del Trado, a l a luz (le los faroles, arrastrando los pies Dial encubiertos en las botas viejas que por todas p a r t e s se reían de las tristezas de su d u e ñ o y completaban la H 4 iiíii i ii3 íilli ii V J B SÚ B desdi -ha (la figura del men H -iB ml- SíSI BI k i Q jj sombrero de copa erizado á e su propia miseria, un casacón sin botones lustroso y remendado, unos pantalones con pingajosos llecos y u n cayado de palo que del siniestro brazo le pendía. A pesar de tan desventuradas trazas, mostraba el mendigo cierta grave majestad en su rostro y alzaba con orgullo aquella su cara flacucha y rugosa, cuyas barbas largas, blancas y lacias, metían miedo á los nmchachos. Acababan de sonar; las diez de la noche, y y a n a die transitaba por el Prado, cuando nuestro m e n d i g o cansrido de su faena penosa, se había sentado en u n banco de piedra á recontar ol fruto de la limosna antes de dir- ijiirse á su casa. l or el lado opuesto apareció otro mendigo que se fingía ciego, viejo también, escuálido y decrépito como nuestro guitarrista, y no mejor trajeado que él, aunque era u n tipo distinto, que en vez de la guitarra apelaba á la flauta para llamar la atención de las almas caritativas. El de la flauta sentóse también en el mismo banco en que se encontraba el mendigo üe la guitarra, y entro ambos se cruzó, en cuanto se reconocieron, una mirada llena de rencor y de recelo. -Oiga usted, señor guitarrista, cuando yo esté tocando el instrumento en la esquina de la calle del Prado, junto al teatro Español, ruego á usted que no venga á sonsacarme la clientela con su guitarra, porque Madrid es m u y espacioso y puedo usted marcharse con la música á otra parte sin perjudicar al prójimo. -Yo toco donde me da la gana, -replicó el de la guitarra m u y anroscado. -Eso lo veremos si yo lo consiento- -Me hacéis reir, D. Gonzalo. -i A mí con timos teatralesl Pues ha de saber usted que wo me cansan pavor vuestros semblantes esquivos; que á mí no m e humilla del rey ahajo, ninguno, y que con quince luché en Zamora, y á los quince Jos vencí. ¿Ha sido usted actor? Sí, señor; h e sido actor de los más aplaudidos- -dijo el de la flauta, -una verdadera eminencia. Yo h e sido, digo, yo soy D. Pedro Fernández de Carrizosa y Gómez de Pizarroso. ¡Usted I ¡tú I- -exclamó el de la guitarra dirigiendo al de Iz flauta u n a mirada en que se fundían el rencor y la sorpresa. ¿Me conoce usted? No t e h e de conocer, si yo soy tu compañero, tu rival, tu competidor, J u a n Pérez de la Oliva y del Cerro! Hacía m á s de veinte años que aquellos dos rivales del arte dramático no se habíim visto ni hablado, y al fin, después de haber sido reyes, emperadores, príncipes, caudillos y héroes durante muchas noches ante el aplau-