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r onsidera, ¿he buscado yo á Andrea? ¿se me ocurría á mí pensar en tan ventajoso partido? ¿Y si fuera el nemigo, había de disfrazarse -on el balandrán del señor cura, que fué el que me hizo á quemarropa el ofrecimiento? ¡Y qué utreros los del prado de Usenda! Vamos, que esto es propiamente un mareo del demonche, y que entre el te. quiero de Golisa y el me veré de Andrea, hay que escoger con i alma, Manuel Andrés, con mucha calma. Estando en tales reflexiones salió al portal el párro o llevando un enorme breviario en la mano; Manuel Andrés quiso saludarle; pej- o el buen señor, sin dej a r de mascullar latines, le hizo señas de que hasta después de misa no podía hablarle. Terminado el repique sonaron con gran in; rvalo de tiempo, entre una y otra, las tradicionales se. liles: ¡irimero la una, y tras ella llegaron á la iglesia la ¡nujeres devotas, viejas y viudas, con sus largas mantillas de rocador con viso de percal rosado ancho y tira de ter fiiopelo, llevando bajo el brazo la cera, el ruedo de esparto y las ofrendas; luego las dos, y fueron entrand o en el templo las jóvenes casadas y solteras, luciendo sus trajes domingueros y llevando en brazos las primeras á los chicos de teta con gorros de estambre adornados de flores y madroños; después las tres, y llegaron, precedidos de la cruz y seguidos del maestro, los chicos de la esi- uela formados por es- taturns descendentes, desde los que- e hombrean con los mozos ha t i los que enseñan el pañal ííi -j iior la abertura de los calzones; Y comenzó la misa, misa campesina, que por el fervor con (pie el párroco la oficia y la devoción con que le acompaña el pueblo, recuerda la sencillez del primitivo culto cristiano; en la (dudad, los asistentes al sacrificio son seres pasivos que van á oir misa; en Alizán ayudan á decirla, y mientras el refinado señor apenas se da cuenta de lo que pasa en el altar, el charro intonso contesta devotamente, desde el introito hasta el ite misa est. Acabada la misa, los feligreses de Alizán diéronse la paz y salieron á la puerta á ver el destile de hembras, ni más ni menos que los misinquiues le Madrid lo hacen á la puerta de las Calatravas, lo cual demuestra que en estas cosas de hombres y mujeres, como decía el buen párroco, la humanidad es igual en todas partes, pmiperKm tabernas requnquasturres. Mamrel Andrés, huyendo de ver á Golisa, se metió de rondón en la casa rectoral; durante la misa, excepto en los instantes culminantes del sacrificio, había estarlo distraído dando vueltas á su asunto en la cabeza, y el demonio, que aun en la iglesia tienta, le había pasado cien veces por los ojos el hilo de oro y doscientas la dilatada ganadería de Andrea cencerreando por valles y oteros, haciéndole resolver á favor de ésta (de jVndrea, no de la ganadería, que no valen malicias) aquel dilema entre el te quiero y el me veré que él tan sin razón se había propuesto. Poco después que él, llegó Andrea c m sus riadas, y al fin entró en el portal el párroco rodeado de chiquillos y seguido del sacristán, (targado éste con una cesta llena con los bodigos de la ofrenda, que asomaban por los bordes sus variadas siluetas, tan semejantes algunas á íisononu as humanas, que justificaban aquel dicho decidero que dice tienes cara de bodigo. ¡lía! al reparto, -dijo el cura. í. os chicos se pusieron en fila y el párroco, asistido del sacristán con la cesta, comenzó á repartir el j) an bendito. -A ti dos. Perico, por lo bien (pie dijiste ayer los jS ovísimos. 1 f; -A. ti uno nada más, Prisciliano, porque i eres rico, y como tal, voluntarioso. Ternünado el reparto, salieron los chicos hincando el diente cada cual á su lote y cantando al llegar á la puerta: y. ¡Hasta el domingo, si Dios quiere! l ll párj- oco, del mejor humor, se dirigió -1 á Manuel Andrés, á quien le entraron de repente sudores y escalofríos. -Carámbano, te has hecho esperar po Ji, co; se conoce que la respuesta te corría prisa, ¿verdad? -í SiO era por la respuesta por lo que venia, padre. -Pues ¿á santo de que venías, hijo? -dijo el cura algo escamado. -Pues á santo de lo que me dijo usted anoche relativo á Andrea, que, la verdad, lo he rumeado y reo que nos conviene á iIaud) os. El párroco se puso en pie como por resorte, y cogiendo al mozo por las puntas de la chaquetilla, le zarandeó diciendo: -Címque á dambos os conviene, ¿eh? Pues ahoi- a digo yo que no me conviene á mí, carámbano, y que te casarás con (jolisa, que vale por ciento como tú, y que después de haber trabajado yo tanto porque el padre cediese, á mí no me deja mal ningún majo de la Herrumbiosa ni de i ien leguas á la redonda, y que YAI esto aparecieron en el portal Golisa y su padre. -Y que te t; asas con ésta, ¿verdad? -dijo cambiando de tono. -Verdad, padre, -dijo Manuel Andrés todo confuso. -Pues hijos, para terminar esta historia de vuestros amores os daré mi bendición, deseándoos, como en Ios- cuentos de la tierra, que seáis nuiy felices y comáis muchas penlices. Li: is ilALDOí ADO Í n. al fin suenan las muchas, segui das y alarmantes, y mangándo se la anguarina ó arreglándose la gran capa, entran el alcalde y los del concejo y octupan su banco, mientras el resto de la concurrencia masculina, i ozando las tachuelas contra las losas, se apiña á los pies de la nave.