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aparatos. Al fin, llevándola con mucha fatiga del párroco y de Angiistias cerca de la ventana, abrieron ésta, y el aire fresco de la noche, respirado por la moza á grandes suspiros, la repuso del trabajo. Lentamente abrió los ojos, se animaron las facciones de su cara, á la que daba mayor palidez la luz de la luna que por la ventana penetraba, se atusó con las manos su revuelta cabellera, miró fijamente á los dos circunstantes, y rompió en un llanto copioso, de esos que arrancan congojas de lo más hondo del alma y son como válvulas de seguridad que la desahogan de las angustias más crueles. Cuando el párroco la vio más serena, cogió de los cabezones al aterrado montaraz, lo hizo hincar de rodillas ante ella y le dijo con voz enérgica: -Pide perdón á esta mujer. ¡Perdón! -gimió el hombrote con voz apagada. -Promete que jamás volverás á inquietarla, que dirás á su padre que desistes de tu empeño de casarte con ella y que retiras la denuncia contra el marido de ésta, -dijo señalando á Angustias. -Haga usted de mí lo que quiera, D. Domingo; yo soy el paño y usted las tijeras, -dijo el montaraz con acento entre humilde y contrariado. -Tengamos la fiesta en paz, Eoque; aquí no hay paño ni tijeras; aquí hay que te has conducido como un malvado, y que ó te arrepientes de tus culpas ó vas á presidio. -No se incomode usted, señor cura. Yo prometo todo lo que usted ha dicho, y ahora mesmo iré á ver al tío Jeromo y le diré que arrenuncio para siempre á Golisa. Esta permaneció durante toda la escena sollozando, con la cabeza oculta en el seno de Angustias. El montaraz se levantó con la cabeza baja, y dirigiéndose al párroco, le dijo con acento contrito: -Usted desimule. I) Domingo. A veces uno no es uno y se deja uno llevar- -Sí, hombre, yo te perdono, y Golisa, á quien tanto ofendiste, también te perdona. Vete en paz, y que Dios sea tu guia. Vil D E VS SEEAXO Á OTRO SERANO El tío Jeromo quiso protestar; pero quieras ó no, el párroco lo hizo entrar en la cocina, donde e! médico y el maestro esperaban con las cartas sobre el tapete. El párroco las recogió todas, y después de barajadas y cortadas pegó un golpe con ellas en la mesa á tiempo que decía: -Caballeros, dos vueltas á perra grande con redondilla y cinco pesetas al dengue; hay que festejar la boda de Golisa, que mañana la piden. El tío Jeromo quiso protestar de nuevo, pero el cura le tapó la boca con la baceta y comenzó el juego. E r a de ver la fijeza de aquellos cuatro homisres que, casi sin respirar, iban viendo una á una la pinta de las cartas, esperando descubrir en ellas la jugada soñada. La partida se animó, y no fueron dos vueltas, sino muchas las que dieron las cartas, hasta que una criada se acercó al médico para recordarle que habían venido á avisarle por tercera vez para un parto. -Señores, me voy, que á la tercera va la vencida, y la d i e n t a es de las de iguala de tres fanegas. Los tresillistas se despidieron del tío Jeromo en el portal; echaron á andar, delante el médico y el maestro; quedóse atrás el cura, y en voz baja dijo al tío Jeromo: -Hasta mañana, que vendré con Manuel Andrés. ¿Pero eso no es broma, D. Domingo? -Eso es lo que debe ser, porque así lo quiere Dios. -Pues hágase su santa voluntad; pero la mía era Roque el de la Espinera. -Pues en ese ya no hay que pensar, tío Jeromo, -dijo el cura despidiéndose. VHI P I X CON B O D A S JS O había pasado mucho de esta escena cuando Golisa, entre el párroco y Angustias, llegaba á la puerta de su casa á tiempo en que su padre acababa de despedir á Eoque después de una breve entrevista. Al ver á su hija el tío Jeromo, con acento de grande contrariedad la dijo: -Mira, Golisa, lo que ha de ser que sea pronto; di á ese majo de la Herrumbiosa que venga por ti cuantis antes mejor. ¡Padre! -gimió ella. -Tiene usté razón, señor Jeromo, cuanto antes mejor- -dijo el cura; -por eso mañana vendrá conmigo Manuel Andrés á pedir la chica, y luego la boda por las voladas. Y ahora vamos á echar unas manos en lo que se hace hoi a de recogerse. La del alba sería, cuando montado en un potro bayo con (íabos negros entraba en Alizán el majo de la Herrumbiosa, desempedrando calles, haciendo corcovos y caracoleos, y luciendo el blanco deshilado del camisón recién mudado, el chaleco de terciopelo con botones de oro, la chaquetilla de Astrakán, las botas cordobesas y la gorrilla airosa sujeta con el ancho barbuquejo. No paró en su posada, antes la pasó de largo, y fué á atar su caballo en la reja de la casa rectoral. Apenas se apeó, cuando apareció en la puerta Andrea, vestida de domingo con un pañuelo blanco al escote y el hilo de oro adornando la desnuda garganta. ¿Estabas esperando á que abriese la puerta? -O tú esperando á que yo llegase para abrirla, -contestó él bromeando. -Ajena estaba yo de tu venida. -Pues he venío trempano á motivo de una buena moza. -Golisa, ¿verdad? blanco y niigao. -U otra; tú, pongo por caso. ¡Yo! -dijo espantada. ¡María Santísima del Cueto! Vienes trempanito y con gracia. Anoche te pegaste por Golisa, y ahora madrugas por mí. Eso está muy en razón, ¿verdad? Y la nmchacha soltó una risotada moviendo la graciosa cabeza como un pájaro cuando canta. -Ríete lo que quieras- -dijo él; -pero verdad es que vengo por ti y sólo por ti. Y como comprobante de sus aseveraciones, usando ó abusando de la consabida franqueza, intentó abrazarla. La muchacha escapó de sus manos, y cuando se vio libre en el fondo del portalón, se volvió para decirle entre alegre y zumbona: -Pues hijo, si es en serio me veré. Manuel Andrés se sentó en un escaño, sacó su petaca, hizo lentamente su cigarro, ayudado de las tijeras que llevaba en el cinto, y ahuecando éste, echó en él el tabaco sobrante. A solas con la conciencia y el fósforo de cartón que chiscaba entre sus uñas, comenzó á meditar sobre su conducta, que dicho sea en honor de su sinceridad, le parecía á él mismo bastante reprochable. Verdad es que yo no debía pensar más que en Golisa, se decía; pero ¿y Andrea, la hermosa y graciosísima Andrea, la del hilo de oro y las ¡trescientas cincuenta y dos vacas hechas! que acabo de ver ahora, al venir al pueblo, amodorradas aún bajo las encinas ó desperezándose á los primeros rayos del sol? ¡Válgate Dios, Manuel Andrés, y cómo te dejas llevar del enemigo! Aunque, si bien se