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K- TÍJJÍP do, encontró en este luga un lionibre i ¡u la quisiera, y aquí me tiene oté, C IK! quién echa ar mi hombre á un presidio y á mi á galera- -Levántate lo primero del todo- -di. el cura, -serénate después, y luego iiablaremos de tus cuitas. -Pue ná, mi señó D. Domingo, que el pobre Manué un día que la hambre api ctaba, escaseó una eneiniya en la Espinera, que le denunció Roque el montará, y que ahora me dice éste que no retira la ilenuncia si no le dejo solo en casa esta noche con la Golisiya. ¡Carámbano! Razón tienes para llorar. ¡Andrea! ¡Andrea! ¡Andrea! ¿Qué manda usted? -contestó la sobrnia. -Mis bártulos, pronto, pronto. ¿Con que esta noclie, eh? -Sí, señor; esta noche á las- -Dímelo andando, dímelo andando, -dijo 1) Domingo, dando él ejemplo así que recibió de manos de su sobrina los bártulos pedi los. A paso acelerado se dirigieron á la casa del tío Jeromo, á cuya puerta llamó el párroco apresuradamente. ¿Está Golisa? -preguntó al criado, que abrió la puerta. o, señor; fué á casa de la sefíá Angustias á hacer flores de mano. -Flores de mano, ¿eh? Pues di á su padre que me voy allá á ver cómo la salen, y luego, si queda tiempo volveré por acjuí. -Bueno usted, -dijo el criado. El buen cura no andaba, volaba, y agarrando del brazo á la andaluza, la decía: ¡Ah! mala pécora, al palo vas como tu marido si á esa pobre criatura le h a pasado algo cuando lleguemos. Y á punto estuvo de que la ocurriese, porque cuando lle. íiaron á la casa luchaba Golisa á brazo partido con el montaraz que, sujetándola por las muñecas, trataba de evitar las tijeras que la moza blandía en una mano, y los mordiscos de sus dientes agudos, por más que de una y f) tra arma ya tenía señales el atrevido. VA i) árroco se transloi nió ante acjuella esi- ena. Hu cuerpo encorvado se irguió como por efecto de una descarga eléctrica, sus ojos brillaron como centellas, echó atrás su melena blani a, y sacudiendo con el bastón á Roque, e hizo soltar la presa, gritándole con voz de trueno: -Arre allá, mal hombre, berraco; yo te calmaré los risjores á palos. El montaraz, sangrando de la cara y las manos, con los ojos extraviados y acezando de cansancio, se acui- rucó en lina es uina como aterrado por la sorpresa. -Y tú ven acá, valiente, y no tengas cuidado, que ya hay quien te defienda- -dijo yendo hacia Golisa, que en la esquina opuesta á Roque, inmóvil, con los ojos muy abiertos y las manos crispadas, parecía la estatua del pánico Fué á cogerla de la mano y en el mismo instante cayó ella al suelo presa de un temblor que la cogía de pies á ca beza y hacía sonar le un modo siniestro sus mandíbulas. ¡C ¿ue se parte la lengua! -dijo Angustias, que con el párroco había acudido en auxilio de la accidentada; y cogiendo leí vasar una cuchara de palo, apalancaron con elía entre las dos encías hasta que lograron separarlas, dejando libre la lengua, ya amoratada y sanguinolenta. VA tuerza de cuidados lograron que volviese á su estado normal; pero apenas veía á íioque, acurrucado en el rincón opuesto, se repetía la convulsión con los más alarmantes