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PStffB i LA COLISA DE ALIZAN N O V E L A DE DON L U I S MALDONADO ILUSTRACIONES DE MÉNDEZ BRINCA DEL CERTAMEN LITERARIO DE B L A N C O Y N E G R O Concliifióii. J A tajas estoy yo, -dijo tristemente el mozo. -Pues hijo, comer has, ó de hambre inorirás. Fuese la sobrina á ejecutar el mandado, v el tío, encarándose con el mozo, le endilgó á quemarropa la siguiente pregunta: ¿Qué te. parece de esa que ha salido? ¿Por qué lo dice usted? -Porque si te llena el ojo, te casas con ella en acabando de verano, le dejas á Koque la Golisa, y Laux Deo. -Qué cosas dice usted, señor cura- -contestó el muchacho. -Bien sabe usted que siempre he querío á la Golisa, y con Andrea no he tenido tratación. ¿Con que no has tenido tratación, y te has criado con ella, y habéis ido juntos á la escuela, y habéis venido juntos á la doctrina? Pero ¿á qué llamas tú tratación? ¿A ir caminito de la fuente como mirabeles en tiesto, haciendo como que se hablan, y que patatüi y que patatal! sin decirse nada de particular? -Con pernaso sea diclio, Domingo (éste era el nombre del párroco) usted no sabe de esas cosas, y máxime en el caso que se trata. El buen párroco se quedó seco del disparo; pero pronto se. rehizo, y dando suelta á su herniosa espontaneidad, dijo con acento convencido: -Tienes razón, hijo mío; yo sé algo de amor del prójimo; pero del de la prójima estoy in alhis, ó sea tanquam tahuüa rasa. Yo te proponía este casamiento por terminar vuestras rivalidades, dando al mismo tiempo un buen marido á mi sobrina; pero bien veo que por ese camino no consigo nada y que hay que echar por otro, ¡caráiiíbano! Dios no nos ha de ialtar. Hoy mismo hablaré por ti al a (lre de Golisa, y malo ha de ser que no ceda. En esto apareció la sobrina, lle -an (lo en una bandeja un gran vaso de agua le limón cubierto con un mediano montón de doradas obleas, y una fuente que rebosaba de toda clase de conservas cerdiles y curuscantes rescaños de pan recién cortado de la hogaza. -Vamos, anímate, que yo te ayudo, -díjole la muchacha, colocando la merienda sobre el escaño en medio de los dos y trincando el primer rescaño con la primera tajada. Manuel Andrés bajaba la cabeza porque no se le notase la emoción. El cura, que se dio cuenta de la situación, preguntó á la sobrina: ¿Vino el mayoral de las vacas? -Vino, sí, señor. ¿Y trajo la contada de la ganadería? -La trajo. ¿Cuántas? ¿Cuántas dirá usted? -dijo la chica tirando de un zo de chorizo y enseñando dos illas de dientes blanísimos. oscientas noventa. -Más, más- -dijo ella riendo; ¿y tú cuántas dices? jreguntó al mozo. Manuel Andrés se rascó la frente para traer á ella los sus recuerdos, y dijo con tono le firmeza: -Trescientas once, con los erales de la Pardala. -Pues no, señores. Trescientas cincuenta y dos hechas, contando, con los utreros del prado de IJsenda. -Anda con la zagala- -dijo alegremente el Cura, -nienuda ganadería se gasta, y en cambio su pobre tío ni las obleas que está comiendo son suyas. -Porque todo lo que tenía lo ha dado, -replicó la doncella, besando cariñosamente la mano del anciano. A Manuel Andrés, que tenía el alma granadera, le temblaron las entrañas cuando oyó aquella enorme cifra. ¡Trescientas cincuenta y dos vacas hechas, cerca de mil picos, mugiendo en el rodeo ó paciendo en los escampados y riberas! ¡Y él que no tenía más que cincuenta y la Golisa veintitrés! ¡Yalientes escuseros al lado de aquella Andrea, á quien tan bien sentaba el hilo de oro que rodeaba su blanca garganta! Manuel Andrés sintió el vértigo de la ambición, pero lo venció pronto. Se despidió al fin del cura y de su sobrina, y tomando su caballo en la posada, echó camino de la Herrumbiosa: llevaba un volcán de cavilaciones en la cabeza; á veces se le aparecía delante Roque el de la Espinera, y cogiéndole la cabalgadura de las riendas, le desafiaba iracundo y despiadado; otras veía la lucida gana- dería de Andrea cencerreando por los sombríos majadales que atravesaba, y otras, si miraba á la derecha, se encontraba los ojos dulzarrones y cariñosos de Andrea, con su hilo de cuentas de oro ceñido á la garganta, y si á la izquierda, le abrasaba con miradas de fuego la apasionada Golisa. VI NO DESEAIÍ LA MCJKK DE TU PRÓJOtO Apenas había salido Manuel Andrés de la casa rectoral, llamó á ella la seña Angustias, y nunca la cuadró mejor el nombre que en aquellas circunstancias, porque entró llorando como, una Magdalena. -D. Domingo- -exclamó ecliándose á los pies del cura. -Aquí tiene oté una pecaora arrepentía; aqu. í tiene oté á la mujer der tuerto de Ansarena, á quien ahorcaron po malhecho, que depresiá por tó er mun-