Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Este, halagado por la frase, la contestó bro meando; -Era el amigo de la Espinera, y no quiero que denguno de allí se acerque á tus sayas. Toda la circunstante mocería rió de la chanza; pero bien pronto cesó la algarabía, y algunos hubier a n querido tragarse sus risas cuando vieron abrirse paso y aparecer ante ellos á Roque el montaraz. ¿Qué se hablaba aquí de la Espinera? -preguntó de mal talante. Manuel Andrés, tomando una actitud arrogante y provocativa, le contestó: -Pregúntaselo al tu novillo, que va corriendo por esas garrías arriba como alma que lleva el diablo. -Déjalo dir, que va á la Herrunibiosa á decir á tu hermana María Josefa (pie me caso con Golisa. Manuel Andrés se lanzó le u n salto sobre el montaraz, que lo esperaba con los brazos extendidos hacia delante, y se entabló entre ellos una lucha muda, lucha humana, incruenta, duelo sin armas en que dos hombres en (tomendaban sus diferencias á la agilidad y a l a fuerza, encubriendo con las nobles y gallardas actitudes de sus cuerpos las ai dientes pasiones que devoraban sus almas. La intervención del señor cura, que con el maestro y el médico pasaba por aquel lugar de vuelta de su paseo, hizo que c: esase la pelea apenas comenzada, sin otras consecuencias inmediatas que alguna sangre que le manaba al montaraz de las narices, y. un cardenal, tamaño de u n duro, que resaltaba en la mejilla derecha de Manuel Andrés. ¡Vaya con el ejemplo que dais los ricos de las alquerías! -dijo el párroco cuando los vio separados. -Y todo por cuestión de faldas, según colijo por el soponcio de Golisa. Golisa no contestó, y rcxleada de sus vecinas, echó á andar hacia el pueblo; el -ura se puso en medio de los rivales, que con la una mano en el cinto, la otra en el alzapón y la gorrilla sobre los ojos, parecían dos estatuas de esas que la simetría artística de los franceses llama pendant. El buen señor aprovechó el candno que les separaba del pueblo para poner el paño al pulpito y pronunciar con unción verdadera una de las conferencias morales á que era aficionado. -Válgame Dios, Koque y. Manuel Andrés, cónu) había yo de pensar (pie mis dos mejores catecúmenos, a (iuéllos en quienes creía haber derramado á manos llenas sennllas de fe, de amor y caridad, habían de luchar por una nmjer, en medio del prado. ¡lx que tiene una presíma que sufrir con estos curas! -dijo Roque ofendido por el sermón y pateando el suelo. -Pues llura, hijo, no sufras; toma el camino de la Espinera y á ver si mañana, cuando te levantes, vas á pedirme perdón por tus insoleiuúas. Roque estuvo u n momento indeciso, y después, dando media vuelta y un cuarKj de buenas noches avanzó resueltamente por el sendero que llevaba á su alquería. V LA ASA I) EI. CfRA Manuel Andrés continuó silencioso al lado del párroco hasta (pie llegaron á la casa rectoral, y éste le dijo: -Entra. -Padre, la Herrumbiosa está liiien cacho y es ya anocheció. -Entra, -replicó el sacerdote. Y entraron en u n portalón amplio y decorado al estilo ya clásico de las renombradas alquerías de la tierra: en las paredes laterales, grandes escaños de roble con los asientos cubiertos áe mullidos, hechos de pellicas de abortón con cenefas de sayal pespunteado; en la del centro, á uno y otro lado de la puerta de la cocina, es -TÍtorios vargueños con sus adornos herrum- nisds resaltando sohre panus de terciopelo empalidecido; sobre los escritorios las cabezas disecadas del toro tal y del toro cuál, famosos iior su pujanza y bravura; en el centro la imagen milagrosa, (ie la Virgen del neto; colgados encima de los escaños, mimeros de ¡AI lAdiu. extraordinarios de La riust radón, y penabas, cuyos ganchos forman enormes astas pulimentadas unidas por la melenera, y de las cuales penden arreos ecuestres y de caza en pintoresca onftisión. A la izquierda de la entrada arranca una estrecha y volada escalera (pie remata en una galería corrida, de cuyo balaustre la sobrina del párroco, temerosa de la i) olilla, había tendido todos sus majos charriles jiara (pie se aireasen: allí estaban á manera de ricas- colga (hiras el refajo encarnado con franja de á palmo y el manteo de media vuelta relumbrante de abalorios y lentejuelas y las caídas bordadas de hilo de oro, y el justillo, y el dengue, y el picote, el devental, y toda acpiella riqueza de años recamados, sobre los cuales reverberaba la luz de la gran lámpara de petróleo (pie ardía en el centro de ia estancia. Kl señor cura tomó asiento en uno de los escaños, y Manuel Andrés á su lado. A enas entraron, la sobrina, una charra arriscada y compuesta, vino á saludarles meneamlo el zagalejo y pisando menudo. -Toma- -dijo el tío entregándola el bastíín, el sombrero y la esclavina del balandrán, á cambio del gorro negro de seda, que la chica llevaba á prevención, -y trae ara mí el limón con obleas, y para éste unas tajadas. 7 enmiitirií en el nitmci- o pro. miio.