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La mujer ocultó su cara entre las manos sollozando; él enderezó el cinto con ambas manos, dio el consabido flamenquil tirón á la chaquetilla, anduvo con aire satisfecho un pequeño espacio, y volviéndose á la infeliz, la dijo entre amable y zumbón: -Mira, Angustias, quita de penas, que no es para tanto; dile á Manuel que vaya por el destral que le prendé, y que en este mes pué escasear too lo que quiera en el majadal de las Amapolas. IV CAMINO DE LA FUENTE está en tu mano que se salve. -Hable oté, zeñó Roque, y la Virgen bendita le ilumine. pSJ ii -La tíolisa viene aquí todos los días á que le enseñes á hacer flores de mano, ¿no es así? -Zí zeñó. -Pues yo necesito hablar con ella á solas, -añadió en tono misterioso. -Yo no zoy de ezo trato, señó Koque. -Pues cada cual en su casa, y Dios con todos. Y la volvió la espalda, echando á andar. Ella, devorada de ansiedad, le dejó marchar; pero cuando iba á perderle de vista, le gritó acongojada: -jZeñó Boque! ¡zeñó Roque! El montaraz, astuto conocedor del efecto de estos martirios inquisitoriales, volvió pausadamente, con la soin- isa en los labios, la mano en el cinto, el cigarro al lado izquierdo de la boca, y la gorrilla al dereciio de la cabeza. ¿Qué se ocurre? -dijo cuando estuvo cerca de ella. -Mire oté, zeñó Roque, po lo que más quiera, no me obligue á que engañe á la Golisa, que é una ovejilla mansa, ma güeña que er güen pan; tenga, caridá de ella y de mí, y pida oté otra cosa, po grande que le paresca. ¿Pa eso me has hecho volver? -Zeñó, yo no he encontrao aquí ma amparo que ella; es la tínica que me habla y me defiende de las marditas de este lugar. -Si yo no voy á hacerla ningún mal: sólo quiero hablarla con libertad y que me oiga, quiera ó no quiera. -Pero, ¿y qué dirá de mí después? ¿Y qué dirá la Audencia si yo insisto en denunciar á Manuel como reincidente en el hurto de casca? Además, yo no te pido que me ayudes: sólo deseo que esta noche, cuando venga Golisa de serano, tu marido se vaya á la taberna y tú te alejes media horita; despiiés hazte de nuevas, que yo no he de comprometerte en el auto. Bien ajena de esta conjuración que contra su honor se tramaba, la Golisa, con u n cántaro en la cabeza y otro al cuadril se dirigía á la fuente, dejando adivinar en la presteza de sus andares que algo bueno esperaba en el camino. Y así era, porque en las afueras del lugar la salió al encuentro Manuel Andrés el de la Herrumbiosa. No medió entre ambos saludo alguno; él se colocó á la vera de la moza, ella dejó escapar un suspirazo del fondo del alma, y así fueron juntos gran trecho, en el cual iba él recogiendo y guardando las piedras redondas del arroyo por donde corrían las aguas sobrantes de la fuente. -Vas á desempedrar el camino, -dijo Golisa entre alegre y cariñosa. -Para que no tropieces tú, prenda, -contestóla él. -Como fuera por eso no harías más que pagar, porque yo también te quito estorbos. ¿Por quién lo dices? -Por Roque el de la Espinera, que no ceja. -A ese le voy yo á dar una lición, para que deprenda á no cansar á la gente. Así iban conversando á través de un hermoso prado, en el centro del cual está la fuente rodeada de álamos y una gran charca donde desagua, que sirve de abrevadero á los ganados. Cuando los enamorados llegaron, la fuente estaba sola. Manuel Andrés descargó á Golisa de sus cántaros; ésta los puso á llenar, y se sentó á un lado de la fuente; él se tendió á lo largo sobre la bóveda que cubría ésta, y comenzó el idilio de aquellas dos almas. Poco duró, porque fueron llegando á la fuente mozas y mozos, y creciendo la animación en aquel lugar antes solitario. Más de una hora habría pasado en dulces coloquios cuando Golisa, sobresaltada, cogió sus cántaros, que Manuel Andrés la ayudó á cargar, y dijo á éste: -Vamos, no sea que mi padre extrañe mi tardanza y salga al camino. ¿Venís vusotras? -dijo á dos mozas que cerca de la fuente charlaban con sus parejas. -Hija, aguarda un poco. Golisa llena de impaciencia se echó á andar, y tras ella su novio; pero á los pocos pasos les detuvo la ganadería del pueblo, que iba al abrevadero con gran algazara de cencerros y mugidos. Manuel Andrés, sabiendo que aquel día habían echado á hierbas, hizo al ir á la fuente buena provisión de piedras, que con tino y medida de buen ganadero iba arrojando á las reses para abrir paso; pero cuando la feliz pareja se hallaba en medio de la ganadería, les detuvo la lucha terrible de dos novillos holgones, lucios y negros como una mora, que chocaban sus testuces y enlazaban sus cornamentas, mientras que el resto de la piara, alarmada por el espectáculo, corría de un lado para otro llenando la llanura con su estrépito. TJno de los novillos, vencido por el otro, trató de abrirse paso por el sitio en que se hallaba Golisa, y ésta, al huir asustada, dejó caer los cántaros, llamando aún más sobre sí la atención de la fiera, que la acometió de cerca; pero Manuel Andrés, viendo en peligro á su amada, citó al novillo golpeándose el cinto con las manos, hurtó sus embestidas con quiebros airosos, y cuando le tuvo á alguna distancia le regaló con unas cuantas peladillas del arroyo, tan bien dirigidas al cervjguillo y á los cuernos, que el bicho, después de volver dos ó tres veces la cara, apeló á la más vergonzosa fuga. Pasado el peligro, Manuel Andrés acudió al sitio donde, rodeada de mozas y mozos, estaba Golisa, la cual, al verle, emocionada más que por el susto propio, por la valentía de su amante, le dijo mirándole enternecida: -Gracias á la tu compañía vivo, Manuel Andrés.