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á ésta en la gracia de los movimientos, en la vida que transpiraba por sus poros y en la admirable y serena armonía de todas sus facciones; con una mano en cada cedazo, los hacía deslizar rápidamente sobre los alisados bordes de la artesa hasta chocar en el centro. Terminado el cernido, colgó los cedazos, guardó aparte la harina y los salvados, y según uso, salió á la puerta de la calle á limpiarse con la escobilla. E n tal momento acertó á pasar por allí Roque el montaraz, y digo que acertó, no porque el paso de él fuera casualidad, sino porque el estar ella á la puerta fué como hacer diana en el blanco de sus deseos, que no eran otros que los de ver y hablar á la esquiva cerned Esta, ocupada en su limpieza, no le vio hasta que le t al lado, y (jniso huir así que le vio; pero el montaraz, con bendita fi- anqueza que Dios h a puesto en la raza, la cogió el redondo morcillo de su brazo izquierdo dioiéndola: -Ko te vayas, que no m e asusta el verte ligera de rop: -Pues á mí sí me asusta oirte tan ligero de luenga, -i ella; y segiin lo decía ataba á su cuello el pañuelo á lo n i ñera, que defendía su cabeza de la harina, y soltaba el re; i que llevaba regazado hasta la rodilla. Eoque palideció de ira; pero se contuvo y replicó con de tristeza y contrariedad: ¡Quién le había de decir al montaraz de la Espinera que en diez leguas á la redonda habría una mujer que no le quisiese pa marido y prefiriese á u n! -Mira, Roque- -dijo la Golisa atajándole, -no pongas ese nombre en tu boca, porque sólo de pensar que ibas á ofenderle, se me sube la sangre á la cabeza y vamos, déjame, que no quiero ser montaraza. Dicho esto, entró rápidamente en la casa y dio á Roque con el portón en los hocicos. Eoque crispó rabiosamente las manos, y dándose luego una palmada en el cinto, dijo con tono airado: -Pues vas á saber tii quién es este montaraz. III LA COXJUBA Cogido de pies á cabeza por el deseo de vengarse, el arrogante charro cruzó la plaza de Ahzán sin saludar á los mozos que jugaban á la pelota contra la pared de la iglesia y se entró por unas tortuosas callejuelas, al final de las cuales, c- asi fuera del pueblo, había una casita cuyo enjalbegado relumbraba al sol mostrando su puerta y sus ventanas rodeadas corlea Roque Ja casita, á juzgar por el apresuramiento con que llamó á su puerta, no con aldaba ni con timbre, sino con un sencillo Deo granas. -A Dios zean dadas, -respondió una voz con acento marcadamente meridional. Y tras de la voz vino una nuijer que, apoyando los brazos sobre el portón cerrado, y sin el menor asomo de cortesía, dijo: ¿Qué ze le ocurre á oté? -Hablarte cuatro palabras. -Todas me eztán de zobra. -Tal vez ahora no, porque hay casos de casos, Angustias. -Como el de Manué, á quien quiere oté enviar á presidio por una miseria. -A eso vamos; en tu mano está que Manuel vaya á la Audencia ó se quede en casa. La nuijer mostró ima alegría que iluminó un instante su rostro expresivo. -Oté me engaíia, zeñó Roque- -dijo en tono de desconfianza; -el pobre Manué irá á presidio, y yo m e moriré de pena lejo de mi tierra.