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LA GOLÍSA DE ALIZAN NOVEDA DE DON LUIS DE MALDONADO Y E G K O ILUSTRACIONES DE MÉNDEZ BRINCA D E L CIÍKTAMISN L I T E R A R I O BLANCO I LA SOLANA -Pues hija- -dijo esta última, -si le quiés, apechuga (on él, que pa eso eres rica y no necesitas de los dineros de Roque. Al decir esto cruzó por delante de la solana un mozo garrido, montando en pelo un caballo de la tierra; llevaba el ronzal en la mano izquierda; la derecha en jarras sobre la cadera, y el sombrero caído del mismo lado; miró á liurta lillas al pasar, y dijo entre dientes; -Buenos días nos dé Dios. Tjas nmjeres contestaron á coro, echando al mismo tiempo miradas de soslayo á la Golisa. Esta bajó la i- abeza sin decir palabra, y contuvo u n suspiro. ¿Estás reñía con él, mujer? -Xi reñía ni contenta; estoy como Dios quiere que me esté, seña Antonia. -Pues hija, estés como estés, la palabra de Dios no se le niega á naide. ir LA OOLI 8 A hastial grande de la casa dei tío Jeroino era la mejor solana del lugar para el invierno; en llegando los primeros hielos se clavaba un varal largo en un hueco de la pared, se colgaban de él sayaguesas y mantas, y á la abrigada hecha con ellas se desentumecían las mujeres del bariio, recibiendo, sin la merma del cierzo, los ravos del claro sol de Castilla. Allí hacía media la tía Josefa, más conocida por el a odo (le la Hitsare; allí hilaba pacientemente su copo la tía Merengúela, poi- buen nombre Berenguela; en tal sitio espulgaba ulcramente á sus crios la seña Antonia la Obligada, llamada así por sei su inarido el obligado á abastecer el ueblo de carne. Y no sigo la enumeración: baste al lector saber que aquel soleado lugar era un inentidero ó mentirote femenil, una represalia contra la machuna taberna. E n tal sitio, una mañana, allá por la irgen de Marzo, se iiallaba reunida numerosa asamblea de comadres; presidíala la tía Rita, una mujerona grande como una vaca pieilrahitana, que tenía un chico, mejor sería decir u n becerro, entre los brazos. -En eso de los quereres hay mucho que hablai- Golisa, -dijo la nmjerona. -Yo no quise nunca al mi tío, y hasta la i resente me he llevao á bien con él. Con que si te casan á ti con Roque, será lo mesmo. -No será lo mesmo, seña Rita, jiorque usted no ten í a antes otro querer, y una lo tiene, y bien enraizao en el alma. -Ríete de eso, Golisa- -replicó la tía Rita; -lo que es del aire, el aire se lo lleva, y lo demás déjalo pa los romances. ¿y quién sabe si una llegará á andar en romances? -dijo Golisa tristemente. ¿Tanto le quiés, mujer? -Ko es pa dicho, seña Antonia. E r a la Golisa alta y esbelta de cuerpo, morena de carnes, con la c: ara larga, los ojos negros, grandes y serenos; las facciones perfectas, sin ser finas; la cabeza admirablemente modelada por peinado charruno, de rizos tlaveteados y moño de picaporte, y el andar tan leve y gracioso, que cuando servía el vino en la cocina á los convidados de su casa, parecía á Hebe escanciando en un banquete de héroes legendarios. Su padre, el tío Jeromo, quería casarla con Roque, el montaraz de la Espinera, hombre entrado en años, de carácter arisco y soberbio, según lo da el oficio, pei O ¡montaraz! que en tierra de charros vale tanto i- íhno decir rajah en la India ó sátrapa en la Persia, llegando á tal punto la admiración que el cargo produ e, que siendo la Espinera de un duque famoso, cuando preguntáis á un charro de Alizán qué prefiere, si ser duque ó montaraz de su dehesa, contesta sin dudar que lo último, y se relame el hocico como si se lo hubieran untado con alfeñique; porque no le sabría éste más dulce que el verse caballero en una gran yegua de vientre, señor de escusas y senaras, dispensador de sueltas, cogedor de prendas, admiración de l) odas y romerías y regocijo de chozos y majadas. El tío Jeromo, que era uno de tantos admiradores del ínclito montaraz, ponía todas sus ilusiones en poder decir mi yerno, Roque el de la Espinera pero su Golisa, que tenia entregadas las siete llaves del ctorazón á Manuel Andrés el de la Herrumbiosa, juraba y perjuraba por la Virgen del Cueto que antes se dejaría matar cien ve es que ser montaraza de la Espinera. E n tal estado se hallaban las cosas en el comienzo de la presente historia, á saber: el tío Jeromo, enamorado del montaraz; éste, de la hija del tío Jeromo; Golisa, de Manuel Andrés; Manuel Andrés, de Golisa, y todos juntos dados á los mismísimos demonios.