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i íANSB ustedes de la curiosidad femenina donde están los hombres curiosos. Va uno por la calle de prisa, con el tiempo tasado para llegar á cualquier sitio, midiendo los minutos, mirando al pasar todos los relojes, con el temor de no acudir á la hora convenida, y no falta en tan oportuno instante algún piadoso amigo que interrumpiendo nuestra elocidañ, colocando sus manos sobre nuestros hombros, nos atraque amistosamente, sometiéndonos á un formal interrogatorio, y después del ¿qué hay? tradicional, especie do quién vive de todas las conversaciones en España, comienza un chaparrón de preguntas: qué contamos de bueno; qué hay de política, y últimamente la impertinente de ¿dónde vamos? Y hay que dejar lo que más urge para satisfacer cumplidamente la curiosidad del amigo. Menos mal si no nos sorprende con algún envoltorio, porque entonces querrá también saber lo que es y á quién se lo llevamos, y en medio de la calle nos hará desenvolverlo para contemplarlo más á su gusto, y no contento con esa fiscalización, preguntará lo que nos ha costado, en dónde lo hemos adquirido; y ai el precio no es de su gusto, tendremos que sufrir su contra. riedad, que nos regañe porque no sabemos lo que compramos; él lo Imbiese conseguido seguramente en la mitad de su precio. Pero aún así, con estas indiscreciones, puede ser tolerable. Lo peor es si el amigo impertinente tiene que hacer tiempo; porque si acertamos á verle en ese período de elaboración, somos víctimas de su tiranía y egoísmo. Como está haciendo tiempo, se ofrecerá á acompañarnos un ratito primero; después, decididamente se cogerá de nuestro brazo con cierto abandono, dispuesto á no separarse. Tenemos, por fin, que darle gusto, caminando al paso que á él le convenga, recorriendo las calles que le plazcan, porque, según su cálculo, sobra tiempo para llegar á la cita; y además, si se nos ocurre tomar un coche, nos venderá el favor de que no debemos gastar una peseta en tonto; y todavía saldremos bien librados si al llegar al sitio donde nos aguardan no se lo ocurre decir ¡Bueno, anda pronto, porque te espero! Entonces nuestra desgracia es irremediable de todo punto. Si por casualidad nos entretenemos más de lo debido, al salir nos obligará á darle una satisfacción. Pero nada de esto reza en el instante que á él se le ocurre dejar de hacer tiempo. Entonces, con la mayor cortesía se separará de nosotros después de habernos molestado toda la tarde. Los hay, en contraposición á éstos, que se encargan de hacerlo todo: ver á Fulano, hablar á Zutano, disculparnos con X, y hasta llevar recados y paquetes. con la mayor solicitud y aseo; porque á estos individuos, afortunadamente, todo les pilla siempre de camino. Menos mal; siquiera son utilizables en clase de Continental Exprés. ¡Pero á los otros, el diablo los confunda! LuiB GABALDON DIBUJO DE XAUDABO fe i h- N