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13 A EINCONES DE MADRID (f í l l u j B Plaza de Toros comienza la sendilla sobre escombros y detritos, entre parcelas in ft Jly cultas de tierra gris, separadas por lomos desnudos, en que alguna cabra tísica corta endebles gramíneas apenas brotan perezosamente. Allá, alguna fábrica empenachada de humo negro aquí, alguna venta de techumbre. tan baja, que cabalgar sobre ella no tendría mérito; más lejos, casas de placer como en los Elíseos Campos; -por último, la indispensable fonda ó fondak, con sus chuletas domingueras, su merendero de celosía pintado de verde para que huela á campo, su feroz pianillo y su poco de baile agarrao, como en cualquiera otra parte extramuros, donde hay servicio permanente para bodas y bautizos. Después, la breve cuesta, la caseta del agua, que parece un molino, y entre ella y unas tapias muy altas, la rinconada llena de sol, pacífica, agreste, escondida, en uno de cuyos ángulos caen en la pileta, más baja que el suelo, los dos poderosos y magníficos chorros de agua cristalina y limpia, de una pureza espumosa y atrayente, que suenan con ronco cántico en que parecen vibrar noche y día todas las asperezas viriles de la sierra, acorazada de nieve y de granito. Algunos zagalones y algunas niñas acuden al visitante con sus jarras de cristal, tan limpias y claras, que al saqarlas de la fuente rebosando, reflejan todo el cielo como una llamarada azul sobre aquellas cabezas juveniles. ijs justamente alabada aquel agua tibia en invierno, fría en el verano como un trozo de hielo transparentó. No sé á dónde va á parar aquel tesoro fecundante: el verjel primoroso que debe salir del seno de aquella linfa, no está en los campos grises por donde corre sin cesar como una cosa gárrula y estéril. i Ah, estuviera esto allá ahajo, en la tierra meridional, siempre henchida de maternidad bárbara y rebosante, y no faltaría un álamo que sombreara la fuente como asilo de tórtolas sedientas; un jazminero que cubriese como un manto estrellado de armiños esa pobre caseta; un naranjo en el ángulo de las tapias, que sacudiera su, cabellera de azahar y perfumase la pila; un tapiz de madreselvas echado con tupida majestad sobre esas paredes, y una alfombra de grama fresca donde los grillos entonasen su nocturna serenata, alumbrados por las linternas oscilantes de los gusanos de luzl No profanaría la ubérrima soledad en que alza su ronco cántico el agua de la sierra el martilleo mecánico del pianillo, mas lo acompañaría alguna vez el zumbido quejum broso, como de alma doliente, de la guitarra moruna ¿Para qué quieres este dinero? -pregunté á una chicuela que me ofrecía su jarra al borde de la fuente. Para comprar un panecillo y tomar un giíiwce. -Nena, ¿qué harás con esos cuartos? -le dije á otra chicuela descalza, que allá abajo, en un camino ardoroso de la tierra andaluza me dio de beber en su cántaro. -Comprar claveles, me contestó la nena. He ahí un ejemplo de la divina variedad de las cosas Jos NOGALES DIBUJO DE KEGIDOR