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ria en que los milicianos llovati al cementerio á sus difuntos, siguiendo á pie á la urna, sin quitar ojo de la prenda que allá arriba balanceaba su pompón rojo y desmayado de dolor en aquella última guardia. Dábfise el caso, á veces, que alguien más cercano iba á echar mano al morrión sacro, pero no contaba con el cobrador de recibos, que antes que nadie, con ligereza de fanático que evita una profanación, agarraba el chacó por cualquier parte. Eí pobre viejo era muy querido de todos por su solicitud y su honradez, que hacían dispensables sus manías. Habíase batido alguna vez, como fusilero de u n regimiento, pero era su especialidad la de haber peleado siempre con cada uno de los milicianos á quien llevaba el reglamentario morrión fúnebre. Los criados de las casas no andaban muy fuertes en cronología; de lo contrario, habríanle puesto en más de un apuro. ¡Don Justo! ¡Pobre don Justo, el m á s antiguo de la compañía! U n patriota de los de Bailen. Con él estuvo en aquella célebre jornada. ¡Y no había nacido! Don Miguel. Un bravo de Luchana. Todavía le parecía oírle en el puente arengando á los cristinos. Don A lo mejor deducíase que había estado á la p a r en el Maestrazgo y en Navarra. Del 7 de Julio n o digamos. Aunque el último era uno de ellos. Y Dios le favorecía, sí, concediéndole su salud á prueba de bomba para acompañar á tantos héroes á su postrer morada. Teríninaba el entierro; en el mismo camposanto se hacía cargo de nuevo el cobrador de recibos del morrión funerario, y al quitarle el pompón iara guardarlo con el chacó en la sombrerera, hubiera querido el buen viejo tener allí u n piquete con sus bandas de trompetas y tambores para que batieran m a r c h a mientras m e t í a en la caja la sagrada prenda. III El pobre cobrador de recibos de los veteranos va á expirar, le h a llegado el t u m o de oir en la cabecera de su lecho el toque de degüello de la m u e r t e cargando ú fondo. Tendido en su cama, con la postración última que convierte el cuerpo en u n leño, su postrer aliento se reconcentra en sus ojos distendidos y calenturientos, clavados en la gran sombrerera que encierra el morrión de los entierros y de las remembranzas gloriosas. Es una mirada la del infeliz que parte el alma, mirada de desconsoladora despedida, de adiós definitivo al bien amado, mirada que besa y abraza puesta de rodillas. U n ordenanza que la sociedad ha comisionado para que le asista en su soledad, le impide ver u n instante la caja del chacó, y las pupilas del abuelete se b a ñ a n de lágrimas. U n anhelo abrumador le acongoja. El presidente de la sociedad va á venir á visitarle. Tiene que pedirle algo, algo que h a r á la dicha de los minutos que le restan de vida, y teme sucumbir antes de que llegue, perder el habla, los sentidos. De pronto se ilumina su semblante; h a n sonado pasos fuera de la guardilla. Ahí está. ¿Qué tal, buen amigo? ¿Cómo van esos ánimos? ¿Ha venido hoy ya el médico? De sobra advierte el presidente de la sociedad que su cobrador se muere, que la compañía de veteranos se queda sin aquel antiguo perro leal. Y mientras hace estas consideraciones, siente un aliento tibio en la mano: son unos labios que se la besan, oyendo á la vez el hilo de voz del pobre moribundo que balbucea anhelante, á punto de lanzar el último suspiro: do -Tengo que pedirle u n favor grandísimo el último. Ya sé que n o m e corresponde porque soy u n criapero- -Concedido. Y el pobre abuelete, radiante el rostro al oir la categórica respuesta, m u r m u r a con los ojos cubiertos de agua: -Que m e pongan también sobre la caja el morrión ALFONSO P É R E Z NIEVA DIBUJOS DE J. FRANCÉS