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EL MORRIÓN SOLEMNE JEEO va usted á la calle con el catarro que tiene encima? Y suspendiendo el barrido y apoyando las dos mano como en un fusil, en el cabo de la escoba, la peluda portera se quedó mirando de hito en hito al buen viejo, que sin dejar de to er horriblemente mientras se ponía un chaleco sobre otro chaleco, contestó con la ruda estrañeza de quien oye una blasfemia: ¿Y el morrión? ¿Qué morrión? El abuelete habíase acabado de vestir y de abrigar, metiéndose dentro de un raido gabán que acusaba otro dueño en primitivas opulencias, y cogiendo de encima de una de las tres sillas del cuarto una enorme sombrerera de cartón, alzó la tapa y sacó un morrión gigantesco, empenachado de gala y con un ocho horadando la chapa de metal rematada por la corona. El tiempo había ajado el rojo plumero, había empalidecido el estambre grana de la cordonadura, el negro del fieltro; pero esta misma obra de los años daba á la prenda la majestad de una reliquia. Era un chacó auténtico, con hoja de servicios, que sabía cómo sopla el viento de campaña, herido en los combates, quizás en los que perdió la bellotilla que faltaba en sus cordones, recordando los días gloriosos en que chamuscaron su pompón los fogonazos de las descargas de la libertad. El abuelete tomó la prenda con profundo respeto, como si agarrara una custodia, y contemplándola con amor, exclamó: -Desde hace treinta años que cobro á la sociedad, ni una sola vez, ¿lo oye usted bien, señora? ni una sola vez he dejado de colocar por mis propias manos este morrión que yo guardo religiosamente en mi domicilio, sobre el ataúd de los veteranos que se han ido muriendo, y que lo llevan como un trofeo hasta el camposanto. Y enarbolándolo á guisa de estandarte ante los ojos atónitos de la portera, como protestando indignado do que hubiera podido poner en tela de juicio el cumplimiento de sus ineludibles deberes, él, que también se había batido, que aunque criado de la asociación era igualmente un veterano y sabía ser un héroe, guardó el morrión en la sombrerera, y sin dejar de toser se marchó bufando, mientras la portera, que le aseaba el cuarto reanudó el barrido, diciendo con su plebeya socarronería: -Too eso será muy verdá, pero también lo es que más le valiera vender á un trapero esa alhaja pa comprase una esterilla de cama y no poner los pies descalzos en los ladrillos. II No el cuidado que un servidor de buena ley tiene de un depósito confiado á su custodia, sino el cali 0 que un sacerdote consagra á la reliquia santa conservada entre sus manos, dedicaba el honrado cobrador de recibos de la sociedad al simbólico morrión, especie de bandera destinada á cubrir los féretros de los veteranos. En cuanto uno de estos moría, surgía en la casa mortuoria la menuda y afeitada figurilla del cobrador de recibos, entonces no ya con el aire indiferente y risueño de quien cumple una obligación vanal que se remunera con un sueldo, sino con la mesura solemne y triste del que siente sobre sus hombros estolas sagradas y conduce los piadosos algodones benditos que redimen. Eran sus grandes ocasiones de sacerdocio. Los demás cometidos, como el de recaudo de las cuotas y las composturas de los uniformes de los milicianos, que él realizaba en su doble caüdad de sastre y de contemporáneo, considerábalos dentro de sus medios habituales de sostenimiento; ¡poro el chacó! Arribaba á la casa del muerto con su gran sombrerera, de la que sacaba el empenachado morrión, siempre de gran gala, siempre rindiendo honores á la tumba, colocándolo al lado del cadáver, sobre una silla, y quedándose allí á velar no se sabe si al cuerpo del veterano ó al morrión. Luego, llegado el instante del sepelio, él y nadie más que él acomodaba el viejo chacó de las batallas y de los entierros en la cúspide de la estufa ciñera-