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0 1 LA ODISEA DE UN BASTÓN Z; i o h e sido siempre tímido como un junco; tan tímido que en la bastonería nunca me oyó nadie decir VtSjl este Míío es mío; bien es verdad que estaba muy cohibido por aquellos roten tan graves, y por las ca chiporras, que en ningún momento dejaban á nadie meter su contera. Como la fuerza estaba de su parte, abusaban de todos los otros, y bien sabe Dios que sin la intervención de los bastones de mando, que con su autoridad se imponían, y la de los matones de la casa, que eran los de estoque, hubiese ocurrido un conflicto diario. Todavía recuerdo el último, que fué de garrotazo y tente tieso. Pero la cosa se arregló felizmente, terminando con una juerga de cante y palmas bravas, bebiendo tres palos cortados, hasta que al amanecer todo el mundo se fué á su hastonera con la contera tambaleándose. Ya he dicho que soy muy tímido, hasta el. punto de que nunca delante de una sombrilla pude abrir los ojos; por consiguiente, yo deseaba el día en que como otros compañeros recobrase mi libertad, y ese día llegó. Una mañana, del sol al primer reflejo, entró en la tienda un joven al parecer decentemente vestido (como dicen los periódicos de los que se suicidan) y pidió bastones; yo adelanté dos pasos; el dependiente frotó mi cabeza para que brillase el metal, y el joven dijo ¡éste! frase sacramental por la que me redimía da la esclavitud. Llegamos á una calle situada muy lejos de mi antigua cárcel; mi amo silbó. A los pocos momentos se destacó en un balcón la figura de una mujer muy guapa; la conversación debía ser muy agradable, porque mi dueño jugaba conmigo y me pasaba de una mano á otra con muestras de satisfacción. Aquella tarde fui á los toros; ¡qué baraúnda! Cada vez que un señor que estaba en un palco sacaba un pañuelo, se armaba un escándalo monumental Yo tomé parte en la gresca y gritaba dando con la contera en el tendido; T T lo entiende ustedl Burrol Burro! Aquello me gustó. Por la noche asistimos al estreno de una obra ¡So interesante. La cosa no le debió satisfacer á mi amo, porque con frecuencia me hacía dar en el suelo con todas sus fuerzas. Oí que le llamaban reventador y le mandaban callar. Cuando íbamos al Congreso tenía que esperar á la puerta en compañía de otros bastones, y hablábamos de muchas cosas. Muchas noches íbamos á los Jardines, y era sabido, esa noche liabía cuestión segura por cualquier tontería. Otras cenábamos en algún gabinetito amoroso, y desde la percha, colocado debajo del sombrero, he pasado ratos deliciosos. Mi existencia transcurría alegremente de fiesta en fiesta, muy contento, hasta que mi dueño decidió formalizar su situación y casarse con la chica de que antes hice mención y ante cuyos balcones nos deteníamos todos los días. La boda se verificó, y yo no pude asistir porque, según me dijeron, nadie se casaba con bastón. Mi vida cambió del todo; cesaron las expansiones de los pasados tiempos, y me pasé tres meses oyendo continuamente ¡te quiero, te adorol Después de estos tres meses vinieron otros tres, y luego un hermoso niño, rubio como las candelas. Mi destino fué otro entonces; entretener al chico, jugar con él, servirle de caballo; pero bien pronto la paz se ausentó de aquel hogar donde yo era feliz. Un amigo oficioso advirtió á mi amo que su mujer no le guardaba los respetos debidos; la noticia resultó cierta, y ciego de ira, con los ojos ensangrentados de coraje, me cogió mi señor y dio fin de mí y de mi vida en las espaldas de la que tanto amó. LUIS CABALLÓN