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E r a en los baños de T donde los propensos á neurastenia encontramos enérgico reconstituyente, pero donde se aglomeran enfermos de otros males que sublevan el estómago. Sin poderlo remediar, sin ser pedante, se vuelve uno filósofo allí. Filósofo ó místico, según la hechura interior de cada cual... Los pobres que no tienen para pagar la estancia en la fonda van hacinándose en una especie de hospitalillo, y mejor diríamos u n antro. AHÍ se les encuentra apretándose unos contra otros, y á semejanza de las ovejas sarnosas en el aprisco, confundiendo sus lacerías. Pues tan triste y repulsivo como es el asilo aquél, aún hay clases, aún hay excluidos. A mi Job no le admitían, y justamente por eso me enteré de su historia. Soy algo curioso; donde estoy lo registro todo, y u n día se me ocurrió meterme en una barraca aislada, donde pie guardan las bombas para extraer el agua de los baños. Ko tiene ventanas, pero el aire y la lluvia entran á su albedrío por las j u n t u r a s de la tablazón. Allí, sin m á s cama oue el suelo húmedo, entre desechos de metal cubiertos de orín, yacía una criatura humana. Se incorporó al verme; era u n mendigo de alta estatura; le cubrían la mitad del rostro trapos de color indefinible. No tuve tiempo de decirle nada; el administrador del balneario exhalaba desde fuera, llamándome, gritos desesperados. ¡Salga usted de a h í! ¡Véngase, véngase! Al saber la causa del alboroto, confieso que por dentro m e anduvo la procesión. E n este siglo, á pesar de tanto como nos baquetea la ciencia médica vulgarizada, asusta el nombre de la antigua, horrible afección oriental. Y en toda la maííana pude pensar en otra cosa, y el pensamiento era de de los que quitan el h u m o r p a r a rato. A la tardo, en el pinar, cerca de la playa, vi venir hacia mí al mendigo, solo, alto, entrapajado, cubierto, á pesar del calor, con una capa andrajosa de paño grueso. Me alargó una mano muerta, que salpicaban placas blanquecinas. El deseo de saber qué se agitaba e n aquel espíritu fué m á s poderoso que la grima y el temor. ¿Eres de iimy lejos? ¿Estás enfermo desde hace muchos años? ¿Tienes familia? -De la raya de Portugal. Estoy asi desde una vez que fui á la siega y cogí u n soleado muy grandísimo Tengo mujer y u n a hija mocita y u n hijo que sirve al rey. La mujer y la hija allá van en Oporto. ¿A. qué? ¡A ganarse la vida! Yo ya no puedo trabajar; ando á pedir limosna. ¿Nadie te cuida? -Nadie, señor. ¿Y quién m e h a de cuidar? ¿Y para qué? E s t e mal no tiene cura, y dicen que se pega. Sentí u n frío sutil en los huesos y u n deseo cruel, reprobable, de ahondar en u n alma probablemente tan llagada como el cuerpo. -P u e s son unos bribones- -le contesté fingiéndome indignadoen abandonarte como á u n perro, cuando te ven así. Sobre que DÍL t e m a n d a u n a enfermedad tan horrorosa, va t u familia y te deja pudrirte en u n rincón. El desventurado, al pronto, no replicó palabra. Su cerebro debía ser lento en combinar las ideas. Al fin, con esa extraña voz de los q tienen lacerados la garganta y el paladar, murmuró al través de sus v (das de trapo maculado y gris: -No, señor, no son bribones. Se buscan la vida por su lado y yo p el mío. E n buen hora lo diga, hasta hoy nunca me faltó p a r a comer y para u n trago y u n cigarro. Voy pasando el tiempo; n o m e quejo; y en este mundo no hay nadie sin aflicciones. E s t e mundo no es la gloria, ya se sabe. Y en desde que tomo el baño quiere parecer que tengo mejoría. ¿Hemos de decir la verdad? -añadió Sulpicio levantándose y extrayendo de la boquilla el resto del consumido cigarro. -Era infinitamente más digno de lástima el que hemos acompañado hasta el nicho E M I L I A PARDO UIUU. OS DE MENDE ÜRINGA BAZAN