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f CORO CTE MKR XV íífr ESDE el clásico teatro griego hasta el de nuestros días; desde la tragedia de Sófocles hasta el juguete S M cómico- lírico de ahora, la misión del pueblo, del coro general, no ha cambiado; siempre ha sido y será la de meterse en todo aquello que maldito lo que le importa. En la ópera, el coro, por regla general, distrae sus ocios en los palacios de los magnates; es comensal en todos los banquetes que se celebran; asiste á la boda de la tiple con el tenor, llevando la cola á la desposada y dando consejos al marido sobre lo que le conviene hacer con su esposa, así como también se permiten increpar duramente al bajo por sus malos sentimientos, porque ya se sabe que en la ópera los bajos suelen ser muy mal nacidos. Otras veces, cuando el coro camina en pos de los desposados, córtales el paso, desnudo el acero y pregonando coraje, el barítono, antiguo amante de la tipié, que se presenta en escena con muchos pies y desaliando. Entonces el coro se abre en ¡semicírculo, dejando dentro del ruedo á los interesados: la tiple y su prometido á un lado de la batería, y el barítono en otro, solo y dirigiendo á la pareja miradas furibundas, conteniendo difícilmente la respiración. Esta violenta escena se resuelve felizmente en un concertante, con el que termina el acto, alejándose el coro lentamente haciendo comentarios y mirando de reojo á los protagonistas, que discretamente se van separando de la batería para que el telón no caiga sobre ellos. Pero si el coro es impertinente en la ópera, lo es mucho más en la zarzuela. Entra, sale, fisga y husmea cuanto le viene en gana, y no hay forastero que divise sin caer sobre él y obligarle á cantar unos couplets. Este forastero es casi siempre el tenor cómico, que para eso está, ¡y cosa rara ó intuición poderosa! no bien ha terminado mi hombre de cantar, cuando todo el pueblo repite la canción, como si en su vida no hubiera oído otra cosa. Y ¿dónde me dejan ustedes el poderoso olfato que tiene para adivinar el final de una obra? El coro siempre llega á tiempo. También habrán ustedes observado que no bien rasga los espacios el trueno, se desgarran las nubes en copioso aguacero, óyese una detonación en la lejanía ó se habla de algún fantasma, todo, el pueblo, como un solo hombre, se mete en la primer casa que encuentra y allí se están hasta que les parece; de donde se deduce que, unas veces por impertinente y otras por no estar suficientemente justificada, la misión dehpueblo en el teatro es verdaderamente difícil. Es lo único que no se cuida nadie de justificar; todavía recuerdo de una obrilla donde el coro penetraba en un gabinete decentemente amueblado, tan sólo por haberse desmayado una señora. Aturdido el dueño de la casa, en vez de procurar que la señora volviese en sí ó enviar á la doncella en busca de un médico, salía á la escalera á pedir auxilio, con lo que el autor justificaba un coro de modistas. La señora, al restablecerse del síncope, sin duda para probar que no había sido nada, cantaba unos couplets coreados, demostrando con esto que aquellas muchachas no habían bajado más que para eso. Y en último caso, si el autor no encuentra fácilmente la justificación de un coro, con asomarse á la puerta cualquier personaje de la obra y decir: c ¡Venid! ¡Llegad! problema resuelto. LUIS G A B A L D Ó N