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Sacramento del altar, las nobles almas que se compadecen de los desdichados, los caballeros generosos, toda la retórica de la pordiosería aldeana. Yo no sé por qué esta retórica, en la desdentada boca obscura, sonaba con sinceridad humilde, y la indiferencia ante la moneda, olvidada muchas veces entre el polvo del camino, daba mayor fuerza á la presunción de que la mendiga era verdaderamente u n a pobre de Cristo u n ser que cree con toda su aima que el que pasa y la arroja u n a mísera suma, ea alguien que realiza n a d a m e n o s que una obra de caridad La hubiésemos sorprendido mucho; hubiésemos escandalizado su espíritu, su manso espíritu de vejezuela desvalida, si la dijésemos: iNo somos caritativos; somos egoístas feroces. Porque tú pides y porque te damos una mezquindad, ya creemos sancionado el hecho, que debiera ser inaudito, de que u n a mujer ciega, de más de ochenta años, esté como t á estás abandonada, desechada en la cuneta del camino, sin lazarillo, sin un perro siquiera! ¡Ya creemos l e g í t i m o pasar con tilinteo de cascabeles, con golpeteo de cascos de caballos, entre remolinos de polvo, y dejarte ahí, lo mismo que si fueses u n enmohecido pedrusco, sin saber á dónde te recogerás cuando salga la luna, qué reparo aguarda en tu débil estómago aterido de frío, qué m a n t a cubrirá t u s áridos huesos! ¡Y todavía nos lanzas ben liciones y te deshaces en manifestaciones do gratitud! ¡Todavía tu acento, que parece balido de oveja, nos sigue y nos acompaña y resuena liastaque trasponemos los vetustos castaños, los que acaso to vieron bailar, mocita, á su sombra! Por eso la desaparición de la malpecada, á quien sustituye la tosca negra, cruz, tuvo para mí no sé qué de trágico, algo que removió cenizas y ascuas de sentimiento confuso, dormido, pero capaz d e despertarse y de convertirse en la infinita piedad suscitada por el espectáculo del infinito dolor. Acabábamos de dejar atrás los corpulentos castaños; el sol declinaba, encendiendo al soslayo, con toques y vislumbres de cobre limpio, el pelaje de las vacas y los recentales juguetones que aguijoneaba u n aldeano, de retorno sin duda de la feria. El aroma penetrante, ambiguo, de la flor del saúco, se confundía con el olor insulso del polvo removido por las pezuñas del ganado, ün automóvil amarillo cruzó como alma que el diablo lleva, soltando vahos de gasolina. ¡Un automóvil! ¡Si viviese aún la malpecada! ¡Cómo pedir limosna á quien vuela en automóvil! Y la cruz negra, de repente, la cruz que m e había comprimido el pecho, me pareció consoladora, buena. E r a otra súplica de la ciega Por amor de Dios acordaos todavía de mí, rezad. Y, entre el silencio campestre, alto y religioso, que había sucedido al paso de la máquina endemoniada y al correteo de los becerrillos desmandados de susto, se m e representó otra vez la mendiga, en pie, al lado de la cruz negra. Las cuencas de sus ojos ya no estaban vacías: en ellas brillaban unas pupilas azules, espléndidas, con limpidez de zafiro. Su vestimenta era blanca; y, alrededor de su cuerpo derecho, casi gallardo, clareaba u n halo de luz, los oros en fusión del poniente y la plata que vierte la luna nueva Y si no existiese esa región misteriosa donde te h a n engastado otra vez los ojos en las órbitas y donde t u s andrajos son blancuras, ¿qué excusa, qué explicación tendría para ti este mundo, vejezuela cuyo monumento es esa negra cruz desbastada á hachazos por u n carpintero de aldea, y que en el próximo invierno p u d r i r á n las lluvias? EMILIA P A E D O DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA BAZAN