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RC -r Mií aguantar toda suerte de desventuras y toda casta de malos gcbierjios, es capaz de instituir una fiesta no en celebración de la vendimia, como las dionisiacas de los griegos, ni en honor de las flores primaverales, como las floraüas de los romanos, sino para festejar la recolección de la bellota; porque, en efecto, sólo una ra 5! a dotada de fe ciega y de inquebrantable resistencia admite y proclama con espartana sencillez que las bellotas son no solamente un fruto comestible, sino un regalo del paladar; y sólo en un país que lleva siglos y siglos viviendo de 4 LAS M E S A S P A R A E L A L M U E R Z O AL A I R E L I B R E engañadoras ilusiones y envolviendo en poéticos mantos de hipérboles y lindas pedrerías retíjricas sus irremediables miserias, puede pronunciarse el legendario grito de ¡Bellotas como almendras! es decir, la mayor blasfemia que proferirse puede en punto á botánica y en punto á gastronomía. Desde el momento en que una soberana y honrada nación admite de buena fe que las bellotas parecen á almendras y que son cosa rica, claro está que el problema político no existe, ó si existe puede resolverse con facilidad y holgura, sin molestarse demasiado. Necios son, ó perversos y emG a U í O D E DEVOTOS Y DEVOTAS D E SAN baucadores, los que aseveran todavía que vivimos en un país ingobernable. ¿Quién es capaz de creer eso á pies Juntillas? ¿Quién podría sostenerlo después de los pasados gobiernos, de las últimas crisis y de las postreras bellotas? Xada más inexacto; nada más absurdo. Dieciocho millones de ciudadanos á quienes impunemente se les da bellotas por almendras, y castañas por cualquier otro fruto dulce, blando y esponjoso, ¿qué gobernantes necesitan? Por eso creemos, metiéndonos en política de once varas contra nuestra costumbre antigua, que el señor presidente del Consejo de ministros ha hecho muy mal en ajetrearse tanto, en moverse tanto en todos sentidos, en buscar por todos lados soluciones satisfactorias al problema de la crisis. ¿Para qué? Para venir, al cabo de ocho día? á ha er lo que debió hacerse desde el principio. ¿JN O significa nada, no representa cosa mayor el hecho de que sólo el Sr. Sagasta, un par de docenas de políticos y otros veinte ó treinta periodistas se preocupasen gravemente, fueran y vinieran, esperasen y desesperasen, mientras que toda la gente iba á solazarse al Pardo? ¿Ven ustedes esa fotografía que obtuvimos en uno de los momentos más críticos á la puerta de la casa del señor Presidente? Pues á poco que se fijen, comprenderán que muy bien podíamos estereotiparla (y así pensamos hacerlo) para las crisis venideras. El personal nó cambia, y sería lo mejor que resultara cierto el refrán famoso: más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. Al mentar este refrán no quisiéramos nosotros EL SR. SAGASTA AL SALIR DE SU CASA EL ÚLTIMO DÍA DE CRISIS iiínguna manera quB se ofendiesen ó lo tomaFois. ASEN. 10 íin a iiuila parte los tres ministros nuevos que han