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Terminó la carrera, hizo oposiciones y obtuvo u n a escuela de párvulos en u n hermoso pueblo de Granada; de allí se t r a s l a d ó a l cabo dt; algunos años, á otro dé Sevilla, y así anduvo recorriendo varias poblaciones, educando ángeles con m á s dulzura que acirilud había tenido pai- a domar reclutas. Reciénllegados estaban á u n pueblo cuando Loreto, que había sahdo u n día de su casa acompañada de dos le sus hijitos, encontró á u n labriego, que la detuvo asiéndola de un brazo y la dijo: ¿lío eres tú Loreto? -Sí. ¿No t e acuerdas de mí? ¡El Felaol Los antiguos novios hablaron como buenos amigos, refiriéndose m u t u a m e n t e los principales sucesos de su ida; pero cada vez que J oreto nombraba á (iascón, sentía el l elao recrudecérsele en el alma los pasados rencores; contemplaba con delicia á Loroto, hermosa todavía, como á u n bien inefable robado por otro; con la imaginación se representaba al sargento posoyendo aquel tesoro, y á la amargura del amor perdido se u n í a en su alma el reverdecimiento de la humillación y de la ofensa recibida, que exasperaba su ira de tal modo, que se apartó de Loreto bruscamente, p r o m e t i é n d o s e q ie al otro día había de asesinar á su antiguo rival. Con efecto, provisto de u n cuchillo oculto y apercibido en la faja, estuvo el Pelao en la plaza del pueblo al acecho de que saliera Gascón p a r a matarle; pero n o dejándole la impaciencia aguardar m á s tiempo, y a p r o v e chando la coyuntura de que u n niño había dejado la p u e r t a de la escuela abierta, entró en ella sin ser visto y se ocultó en sitio desde el cual pudier a atisbar al maestro. L a s escuelas de párvulos suelen tener dos departamentos: uno con gradería y otro sin ella; entonces Gascón se hallaba en el interior, rodeado de sus pequefiuelos, y por esto al Fdao le fué posible llegar hasta la puerta del segundo departamento sin que nadie le observara. Gascón ya tenía todo el pelo blanco, aunque apenas contaba cincuenta años de edad. Le vio el Pelao sentado en u n taburete, de espaldas á él y con un niño sobre cada rodilla. Las rodillas del maestro eran el puesto de honor, el trono de la aplicación. Formaban dulce contraste aquella cabeza blanca entre dos cabeoitas rubias y rizosas, como u n copo de nieve entre vellones de oro. Los demás niños se agrupaban en semicírculo enfrente del maestro, contemplando, sin darse cuenta, aquel hermoso cuadro de t e r n u r a h u m a n a que á sus ojos cotidian a m e n t e se ofrecía. Gascón no era el maestro, era la bondad viva sin sexo determinado, mezcla de padre y de madre: una prolongación del alma del hogar. E l Pelao sentía latirle el corazón violentamente. Aquel espectáculo apagaba sus furores y echaba íntimas frialdades en su alma. El pensaba encontrarse con el mismo hombre que le había ofendido, joven, varonil, enérgico, dominante, provocador; con sus bigotes negros erizados, la mirada alta, la mano pronta y él sable al cinto; pero al ver en su lugar á aquel pobre viejo de voz dulce y melosa, gordo, lleno de canas, amansado i on la edad y el estudio, cargado de niños como u n álamo blanco donde se posan las palomas, y al verle en sus funciones casi maternales y rebosante de ternura, ya no halló concordancia entre la antigua ofensa y el autor real de ella, entre su instinto de venganza y el originario de él, entre Loreto y Gascón, entre el amor sexual y la paternidad del alma. É r maestro explicaba á los niños los Mandamientos de la Ley de Dios, y el Pelao alargaba su cuello para no perder u n a sola nota de aquella armonía dulcísima, tan distinta de la espoleante dicción del antiguo sargento: -El hombre que mata á otro, comete u n a acción muy mala, decía Gascón, y un pecado muy grande; puede dejar sin pan á u n a familia, á u n a mujer viuda y desamparada, y á los niños sin casa donde vivir, ni abrigo contra el frío, ni p a d r e que los ampare y los socorra Estas y otras muchas palabras de Gascón acabaron de aplacar el ánimo del Pelao, que sobrecogido bajo la acción de la t e r n u r a y la conciencia, se alejó de allí vencido y pesaroso de sí mismo, sin explicarse el nuevo movimiento de su alma. E h la puerta encontró á Loreto, que le preguntó sencillamente: ¿Vienes de ver al maestro? -No; no hago cuenta de verle en mi vida, pero m a n d a r é mis chicos á la escuela. RAFAEL DIIÍIJ. IOS D E ALBER IT TOKROMÉ