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EL SARGENTO GASCÓN EA el terror de la compañía: el espíritu i lento de la antigua Ordenanza encarnad u n hombre tosco y fuerte. La injuria p r era su halago; el insulto y la blasfemia, su saluta ordinaria; el bofetón, su razonamiento; el puñei su advertencia. Él era el huracán de la comp cuando entraba por las puertas, los inferiores tem ban como las hojas en los árboles. Los oficiales dían estar tranquilos: el sargento Gascón domaba fieras y tenía siempre sumiso y limpio su rebaño homicidas. E n cierta ocasión encontró el sargento en la F de Oriente á uno de los reclutas de su compañía llamado por sus camaradas d Pelao. Hallábase el pobre muchacho hablando con su novia, y en el calor de su amorosa charla andaluza se había inclinado el ros hacia el cogote y corrido la bayoneta hacia la espalda. El sargento llegó por detrás hasta él, le sustrajo la bayoneta, y dándole con ella un fuerte golpe en el ros, le dijo encolerizado: ¿Le parece á usted que es éste modo de llevar las armas y de estar u n militar en la calle? La muchacha no pudo reprimir la risa; el recluta se quedó lívido de coraje, pero el sargento (íascón le sugestionó con su mirada do jabalí furioso. Echó la bayoneta en el suelo, y dijo solemnemente: -Coja usted eso y vaya usted arrestado hasta mañana. El Felao recogió el arma, luchando con la tentación de hundirla en el cuerpo del sargento; pero la disciplina, la autoridad militar, el temor á aquellos galones de oro que parecían dos rf- yos, obligaron al Pelao á envainar la bayoneta y á saludar militarmente al sargento, mientras ilecía para su capote: ¡El día en que me licencien, te mato! Quedóse Gascón hablando con la muchacha, que era muy linda, y como ella le reprendiera su violenta acción, nuestro sargento discurseó- 1. muy grave y pomposamente sobre la disciplina ífe: militares, en tanto que Loreto, que así la joven Sc; J i ¿i.i ii ¿i; Uíx, raba con afición los grandes mostachos del militar y su figura esbelta y arrogante comparada con la del Pelao, por quien no sentía verdaderamente m á s que ierta amistad, nacida de su paisanaje y de su trato. Prosiguiendo su plática, fuese amansando el tono de la misma, y hubo aquello de decir Gascón que parecíale mentira que u n a real h e m b r a de tan buenas prendas se empleara en u n recluta tan desgalicliao y sin substancia como aquél; á lo cual replicó Loreto, en vez de defenderle, que eran paisanos y amigos de la niñez. De tal suerte fué su coloquio dulciñcándose y avanzando, que al fin Gascón y Loreto quedaron citados para verse al siguiente día, después de haber dado el sargento palabra de honor de n o castigar nuevamente al recluta. Convencióse Gascón de que era Loreto más honesta de lo que á sus intentos convenía; descubrió en ella, á fuerza de tratarla, virtudes jamás por él estimadas, y lo que fué al principio frivola siinpatía de trato callejero, convirtióse al fin en otro sentimiento m á s tierno y m á s hondo. El Pelao, que no estaba ignorante de los amores de su rival y jefe con su antigua novia, al tropezar con la autoridad de él y los desdenes de ella sentía enconársele con más acritud su anhelo de venganza, y aguardaba con ansiedad creciente y atormentadora el momento de ejecutarla. Casáronse al fin Gascón y Loreto; destináronle á él á otro regimiento que guarnecía u n a plaza de provincias, y cuando el Pelao recibió la licencia absoluta, ignorante como estaba del paradero de su rival, no pudo cometer su proyecto criminoso. Con los años, los hijos, la nueva oficialidad, que era más culta y más humana, perdió Gascón sus antiguos bríos, refrenó sus desmanes, ya mal recibidos, y á instancias de su mujer, pensó en buscar otro medio de vida que le permitiera consagrarse más tiempo á su familia. Por delegación de los tenientes, empleábase el sargento en instruir á la clase de tropa, y para alentarle en tan rudo trabajo, solía la oficialidad decirle que era u n gran maestro; con lo cual, orientado y lleno de esperanza, siguió la carrera del magisterio, sin que le abrumara la pesadumbre de sus cuarenta años cumplidos y de sus olsligaciones á medio cumplir, y desde aquel momento, á vueltas con la pedagogía y la gramática, dulcificado p o r i a s ternuras de su hogar, embargado su espíritu por su noble ambición, se sintió tan desligado de la vida militar y tan fuera de ella, que parecía u n extraño en el cuartel; absolutamente distinto de aquel antiguo sargento Gascón, espanto de la soldadesca y verbo de la Ordenanza.