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r xSkK AY en el Madrid viejo un jardín escondido entro callejuelas. Mil veces le he rondado esperando alguna mano mágica que viniera á romper el encanto de sus muros. Son muros recios, de ladrillo recocho, y el tiempo los corona en lo alto de yedras, jaramagos y zarzas, casa estaba siempre cerrada y silenciosa; no se abrían las maderas ni en invierno ni en verano, y era doesperar que si giraban alguna vez sobre sus goznes las hojas del portalón, asomasen las antiguas carrozas tiradas por caballos fantasmas arreados y atalajados para asistir de nuevo á la entrada de nuestro rey y señor I) Felipe V. El jardín dormía el mismo sueño. Cuando callaban los bandos de gorriones, el sol, el viento y la lluvia podían creerse los únicos huéspedes de aquella soledad. Pero no era cierto; no estaban ellos solos. Alguien, recorría al mismo tiempo avenidas y sendas; alguien descansaba los ojos en el lago de la- plazoleta, en el césped comido de maleza, en los árboles sin podar, los macizos desordenados, las estatuas, las fuentes Y eran aquellos ojos unos ojos muy lindos. Miraban desde muy alto por un ventanillo abierto íiirtivameníe casi junto al tejado, en la cima de una pared medianera. Las tapias de ladrillo no llegaban tan altas, y alrededor del jardín y de la casa sólo por aquel hueco se asomaba la vida. La reina y señora del jardín estaba allá arriba junto á los nidos de las golondrinas. No importa que la cnsa. i fuera pobre, las paredes humildes y el techo abohardillado. Desde muy niña, alzándose de puntillas en la sillita baja, se asomaba al ventano para ver cómo caía sobre la taza de la fuente el chorro interminable brotadoen las fauces de un tritón, y cóir. o rodaban y giraban, persiguiéndose entre los árboles, las hojas secas arrancadas por el otoño. Su mirada vigilante había visto nacer zarzas y musgos al pie de las estatuas. Había visto llenarse las veredas de malas hierbas, subir las parásitas por los troncos viejos, secarse los regueros. En invierno las altas alamedas abrían un camino melancólico á los sueños y á los anhelos de su adolescencia. La lluvia, cayendo sin cesar sobre la tierra encharcada y los árboles desnudos, barnizando los troncos y puliendo los mármoles, penetraba también hasta su corazón. La cabecita rubia se inclinaba sobre la labor después de clavar los ojos en el cielo gris, y los tristes pensamientos volaban libremente ¡Primavera feliz! Al llegar al parque abandonado, al abrirse las flores, al poblarse las enramadas de pájaros y mariposas, ella desde allá arriba gozaba de su reino, dejaba que entrase por el ventano la templanza de las brisas de Mayo. Así imperaba una pobre muchacha, tan pobre como linda, en el jardín de las ilusiones, y así la he visto yo cultivando desde un cuarto abo laraillaclo las flores de su fantasía, más frescas y más fragantes que las rosas de los rosales. Pero ahora, al morir el estío, ella misma me ha llevado al pie de! a ventana para mostrarme la invasión de sus dominios, su despojo y su destronamiento Cae la tarde; en el aire abrasado zumban lejanos rumores; el cielo está cubierto de nubes rojas, y la cima puntiaguda de los cipreses oscila con lento cabeceo. Han abierto las ventanas de la casa dormida, y en las gradas de mármol, recién lavado, dos jardineros descansan junto á las carretillas y las palas. Es blanca la arena de los paseos; la plazoleta está limpia de hierbas; corren los antiguos ca. ños y va por los arriates ¡m hilillo de agua. Amapolas y margaritas, segadas y arrancadas sin duelo, yacen en montón entre zarzas y cardos. El césped, bien rogado, baña en las aguas del lago los bordes de su manto esmeralda Y por si no bastara, se abren de par en par las hojas del portalón y asoma un extraño cortejo. jSTo la carroza de concha y oro construida en el siglo xvii, arrastrada por alazanes empenachados, sino un cochecito de mano. Lo empuja una mujer robusta, peinada como las pasiegas, con su pañuelo á la cabeza y su delantal blanco, y va en él una desdichada criatura, una pobre almita infantil encerrada en un cuerpo más pobre todavía. Xo es una niña, es una joven enferma y desmedrada. Mira á todos lados con expresión de estupor y de ahogo. El ruido de las llantas de goma sobre la limpia arena la distrae y la interesa, y apenas si sus ojos se fijan en el verde brillante de los árboles y en los rayos de oro que el sol poniente lanza á través de las hojas. Detrás caminan dos criados ancianos vestidos de negro, como si guardaran el luto de una noble raza extinguida. ¡Destronada estás de tu reino ilusorio! Ya han mirado los guardianes hacia este ventanillo abierto subrepticiamente en lo alto de una pared medianera. Hablarán de dominios y de derechos, y un día pondrán cuatro ladrillos entre tu gloria y tú. Seca las lágrimas que corren por el raso de tus mejillas, y mientras rueda el cochecillo con su triste carga á la sombra de tus árboles, junto á las flores, las estatuas, las fuentes, que tuviste por tuyas, consuélate con la lozanía de tu hermosura v de tu juventud. LUIS BELLO nlBUJO DE VÁRELA