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r- -e í- v 1 4 íS- P Vi la gran sala del Museo del Prado consagrada á Velázquez, llena durante el día de copistas y de curiosos, hay á mano izquierda una puerta, y encima de ella el rótulo siguiente; Sala de las Meninas Así. U n a sala para u. n cuadro. Y aún diría yo que para tal cuadro no estaría de más u n palacio, l a l es y con tanta gloria resplandece. Pasado el corredor, algo obscuro, éntrase en la sala, no grande ni alumbrada con luz cenital, sino por la claridad de una ventana abierta al lado del lienzo maravilloso de Veiáf que? El visitante se siente empequeñecido ante aquella grandiosa muestra, del Arte, y respetuosamente se descubre. H e observado que allí todo el mundo habla bajo. E s una especie di anonadamiento en que se pierde h a s t a la libertad. E s la santa tiranía del genio imponiéndose á las generaciones u n siglo y otro y siempre, con la majestad resplandeciente del sol en la admirada Naturaleza. Contempla el visitante aquella prodigiosa obra de reaJidad y de belleza, aquel gran milagro do la técnica e n que se descubre toda entera una de ias personalidades artísticas m á s grandes que tiene el mundo, y cuando va á marcharse, arrancándose penosamente á la contemplación deleitosa, ve en u n rincón uu mediano espejo, y u n sillón antiguo junto á la modesta luna. Siéntase u n instante, convidado de la rareza de aquellos dos muebles en tan respetado lugar, y al mirar el cuadro de Las Meninas reflejado en aquel cristal discretamente dispuesto, scibe de golpe, como u n zarpazo grandioso, una sensación de pasmo, de éxtasis, de imponderable asombro, que allí le retiene, esclavo de t a n t a realidad y t a n t a hermosura. Allí está el cuadro en la disposición misma en que lo pintó Velázquez; reflejada la escena en la superficie de u n espejo, iluminada por luz lateral y poco intensa. Visto así, los términos sa agrandan; se ve el aire que circula; bis personas viven con súbita y poderosa vida; aquél ya n o es un cuadro, es la misma realidad, pero eterna, aprisionada para siempre en la imagen incorpórea reflejada en u n terso pedazo do cristal. Es aquél uno de los rincones más bellos del mundo; ¡cuántas gentes nos lo envidian! FOT. I. ACOSTE JOSÉ KOGALIÍS