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M QTiELLA tarde el Congreso estaba animadísimo, como en uno de sus mejores días. Los periódicos habían fo ¿B anunciado un importante debate político, una reñida batalla entre los dos partidos turnantes y ante tan sugestivo número, las tribunas rebosaban de gente; elegantes damas sonreían desde su asiento á los hombres de la situación- -porque las mujeres suelen ser ministeriales, -decididas á no perder el menor detalle de la contienda; en los escaños lucida representación de padres de la patria, muy numerosa porque el Gobierno había pedido considerables refuerzos ministeriales para cubrir fácilmente las bajas que pudiera ocasionar el temido debate, y en el banco azul todos los ministros con el traje de luces. Por las puertas que dan acceso al hemiciclo asomaban las curiosas cabezas de algunos ex gobernadores que por el hecho de ser ex, se habían quedado en el pasillo; electores influyentes de provincias, empleados de la casa, ujieres y coro general de admiradores, todos impacientes y palpitantes. Cuando el presidente agitó la campanilla y dijo: El Sr. Laforga tiene la palabra un rumor suave de oleaje tranquilo, como de marea que 3 ube, llegó bástala misma mesa presidencial. Con enérgicos siseos calmaron desde las tribunas las toses de algunos padres de la patria, tan difíciles de domina- U os como la nalabra las señoras se armaron de impertinentes y el silencio se hizo, perdiéndose hasta el último cuchicheo femenil. Con majestuoso tiempo de andante comenzó Laforga su discurso. Su palabra serena, reposada y tranquila se iba cerniendo sobre las augustas cabezas de los representantes del país, bañándoles de luz; sus acentos acerados, vigorosos, caían sobre el banco ministerial, abriendo en él grandes é irremediables brechas, y de una y otra parte se cruzaban imprecaciones y ataques personales, ni más ni menos que el famoso coro de la disputa de Los- Hugonotes. Pero sobre aquel rumor de presa abierta al primer avance del agua, por encima de aquel precipitado torrente de odios y apetitos, seguía clara, precisa y ordenada la dicción de Laforga; terrible, acusadora demof í P piedra el edificio minis erial, á la verdad muy poco sólido. El deseo de tomar parte en eldebate otros oradores, jefes de importantes grupos, fué causa de que el presidente, una vez consultada la Cámara, prorrogara la sesión. El ministro de Agricultura seguía como distraído é imoaciente el brillante discurso do- Laforga. Repetidas veces m. ¡ró e! reloj, detalle que no pasó inadvertido parala mayoría. Laforga solicito unos momentos de descanso, siguiendo á los pocos minutos su discurso. El ministro de Agricultura miró nuevamente el reloj. Eran las ocho y media; llamó á un ujier, á quien dio el encargo de que le trajese La Correspondencia de jLspaña. Los que estaban colocados detrás del banco azul comprendieron aue algo muy importante esperaba ei ministro de La Correspondenda, algún argumento decidido y poderoso con el que seo- uramenté había de pulverizar á Laforga. Los de la mayoría respiraron. El ministro indudablemente reduciría á polvo al terrible enemigo. Pasaron unos minutos; el ministro volvió á pedir La Correspondencia. Corrió por toda la Cámara el deseo del ministro, y en cuanto el ujier se acercó al banco azul con el número del periódico, todos los diputados y hasta el publico de las tribunas se apresurare á compr r La Correspondencia, donde seguramente encontrarían la á L tanto pado por saber lo que le había ocurrido á la condesa. Con lo que se demostraron dos cosas: Que maldito lo que le importaban los cargos de la oposición, y que su gusto literario no era de lo más selecto. LUIS G A B A L D O N f