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Jados románticos de sn manera de ser los originaban el trato con. artistas, la constante preocupación de la estética, eLraodermsmo, en fin, que no es, bien mirado, sino una degeneración romántica. El libertinaie fácil le asqueaba. Q u e n a algo azul, algo que fuese á la vez el éter y el imposible. Encontró en el tapiz lo que andaba buscando á ciegas. r- i E l trozo d e oriental tejido, flexible, suave, de entonaciones cálidas y vivas como las de la carne morena, se t r a n s í o r m ó p a r a Ealael en lo que se transforma para el enamorado la ropa que ha cubierto el cuerpo de la amada y que conserva su dulce calor. Más aún: se transformó en ella misma. ¿Acaso, según los informes del sabio no estaban las lanas del tapiz reteñidas en la sangre de la tejedora? A aquella maga única, á la que había tejido y. matizado el portento, era á quien Rafael evocaba con ansia infinita, con vértigos dé locura. Y la veía la veía de bulto, tan pronto como se envolvía en el tapiz sin precio, ó Cuando lo extendía para tratar de desciirar. con ávida mirada el conjuro inscrito en caracteres de. un alfabeto ya eternamente. borrado de la memoria de los hombres, resto conservado por la tradición. Algunas l e c t u r a s u n poco de erudición á salto de mata, d e b i d a á sus visitas á los talleres de pintores y escultores, habían sembrado e n el cerebro de Rafael ideas que ahora se traducían en representaciones plásticas. Figurábase á lo vivo una de aquellas mujeres del I r á n de quienes dijo Alejandro Magno que hacen daño al corazón 1. U n a doncella de las que se ven en las miniaturas del Cha Ñamé: pálidas como la luna, mostrando en el rostro, exageradamente o v a l l o s sombríos ojos, el doble arco perfecto de las cejas anchas, el rojo de cinabrio (le la boca, e n t r e el c u a l los dientes m e n u d o s b r i l l a n húmedos, como guijas en el fondo de crist a l i n o remanso Una doncella de cuerpo esbeltísimo y talle largo, menudo el seno, prolongados los brazos, con esas lineas fugaces, casi inmateriale flexuosas, de enloquecedoras curvas de serpiente, adivinadas y restituidas al arte por el modernismo. Y se la figuraba sentada en cojines en u n a terraza de azulejos de color, donde los rosales florecen en jarrones de porcelana- -á u n lado u n veladorciUo, en que el servidor dejó la bandeja con frutas y bebidas; á otro el laúd de tres cuerdas- -sin interrumpir la languidez de su reposo m á s que p a r a trabajar en el tapiz, p a r a tejer en él, con lanas á que su sangre dio u n color que no da ningún otro tinte, los caracteres del conjuro que despierta el amor en las profundidades del ser... Y aquella mujer no era como las otras. Joven, hermosa, pero de diferente modo, con rara hermosura, con juventud que brotaba de eternos manantiales en las entrañas de la creación. Y las palabras que ella dijese serían las nunca oídas, y los estremecimientos de ventura que ella diese tendrían otro sabor, como de ambrosía jamás gustada por h u m a n o s labios. Cuatro ó cinco meses pasó Rafael á solas con su irrealizable ensueño. Sentía ya esa necesidad de escribir, pintar ó esculpir lo sentido que se despierta en las naturalezas estéticas al contacto de la vida. Buscó al fin un confidente; refirió su bello dolor á su amigo Reinaldo, diciéndole con supersticiosa melancolía: -Estoy hechizado; sufro u n maleficio. Reinaldo miró el tapiz, le dio vueltas, sacudió la cabeza, siguió remirándolo. ¡Loco! -exclamó. ¿De dónde sacas que la tejedora de tal maravilla puede ser ni hermosa ni joven? Yo h e oído contar á los que viajaron por Persia y la India, que las tejedoras de tapices son obreras humildes, y las m á s diestras, u n a especie, de brujas envejecidas en la labor Y si no ¡mira, mira! Y Reinaldo, de entre las lanas flexibles extrajo u n cabito de seda blanca, u n a cana sujeta allí, confundida con el tejido. -No hay como los enamorados para no ver lo que cualquiera vería, -añadió riendo. DIBUJOS DE MÉNDEZ ERIHGA E M I L I A PARDO BAZA í