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KIv K ¿Jv en un establecimiento de anticuario parisiense, donde á veces aparecían raros tesoros orientales, WM traídos de la India y de Rusia por algún viajante á quien el chamarilero encargaba oue revolviese los mercados sucios y espléndidos de aquellos lejanos países Allí, en la tienda del Duen Mr. Boucletto, encontró Rafael el tapiz persa famoso, y dio por él cuanto le pidieron, el resto de sus ahorros, ya muy disminuídos por la instalación de la garsonniere en la calle de Milton, donde quería aislarse para pensar y escribir, realizando así una aspiración constante. Al pronto, el tapiz no preocupó á Rafael más ni menos que los otros objetos de arte, adquiridos revolviendo prenderías. Fué un accesorio más del conjunto de trastos y chirimbolos, iio todos auténticos, que decoraban su vivienda: algo como el dorado Buda, la mesa de incrustaciones, el barro co cido de Susillo y el boceto de Gervex Poco á poco, no obstante, se destacó el tapiz, ganándose im puesto aparte. En primer lugar, cuantos inteligentes lo veían, ó se deshacían en elogios de él, ó, cosa aún más significativa, se quedaban como abatidos y torcían eí gesto ó cambiaban de conversación, y después, previos circunloquios de chalán, preguntaban como al descuido si Rafael no pensaba cambiar ó deshacerse del tapicito. Uno así me convenía justamente para mi despacho Tiene la dimensión exacta Y vengan proposiciones insinuantes ó afectadamente abiertas y rotundas. Vamos, hasta dos mil francos me correría Una semana después el de los dos mil se venía antes de la hora del té con una cartera bien lastrada de billetes. ¿No le tientan á usted los cinco mil? Cójame la palabra, soy un encaprichado Y Rafael, pensativo, rehusaba; pero el tapiz actuaba ya sobre su fantasía empezaba á ser base de la inconsciente labor con que creamos lo maravilloso: Para saber positivamente en qué consistía el mérito de su tapiz, solicito el favor de que lo viese el eminente académico Lalourde, famoso por sus estudios de arte oriental y sus exploraciones en Persia y la Bactriana. Lalourde, después de haber examinado el tapiz, á simple vista miope, con gafas, y empleando la lupa, acariciándolo con las yemas de los dedos, dándole vueltas y acercándolo á la luz que entraba por la ventana, de súbito abrazó á Rafael y exclamó enfáticamente: Feliz mortall Posee usted uno de los objetos más preciosos que existen en el mundo. ¡Ya lo creo que le ofrecerán á usted cinco mil francosl Cien mil, y para hacer gran negocio. Bouclette no sabe lo que ha vendido, y los aficionados tampoco sabrán lo que es esto; sólo yo, que he residido largo tiempo en la encantada región pérsica, dedicado á especiales indagaciones, puedo asegurar que de esto no se encuentra sino por azar milagroso... En toda mi vida sólo he visto un tapiz de este género, y menos hermoso; lo poseía el raja de Mirzapur, y se jactaba de que no existía otro semejante. ¿Pues en qué consiste- -interrogó admirado Rafael- -la singularidad de este tapiz? A. mí, sin duda, me pa- rece distinto de los que por ahí se venden; de otro colorido pero... ¡Oh! -protestó escandahzado Lalourde. Fíjese usted bien! ¿No observa usted lo peregrino de los matices y, lo extraño de los dibujos? Unos y otros son un secreto que ya se consideraba perdido, y acerca del cual se refieren muchas leyendas. Se asegura que este colorido único, á la vez sombrío y brillante, sólo se obtiene retiñendo las lanas (escogidas entre las más delicadas y elásticas que el Tibet produce) en la caliente sangre de la tejedora, para lo cual hay que abrir sus venas y recogerla en un cuenco. Se cuenta, asimismo, que los dibujos que usted ve ahí son un conjuro de hechicería, escrito en un idioma más viejo que el sánscrito, en un alfafeto del cual sólo existe este gráfico. Sean ó no patrañas, y claro es que lo son, el tapiz no tiene precio, es de una rareza extremada, y no aquí, en Asia misma, saca usted de él cualquier dinero. ¿Me permite usted fotografiarlo? -No, -contestó lacónicamente Rafael, que despidió al sabio con este monosílabo desatento. Y desde aqueLmismo punto y hora, como se declara una enfermedad latente en el organismo, se declaró en Rafael la fascinación del tapiz. Diríase que los misteriosos vocablos del conjuro habían sido murmurados á su oído por la voz de una maga, y que el encanto le envolvía en su red sutil, invisible; en sus telarañas fatídicas. El caso se explica considerando que Rafael pertenecía á una generación por la edad y á otra por el espíritu. Rafael era romántico impenitente, y ocultaba su romanticismo, porque comprendía que ya es inadual. Ciertos