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Juan arreglábase las ropas UQ poco descompuestas en la refriega de los mozos para separarle de Sidoro, y volvía otra vez á transportarse al cielo de su dictia. La rondalla marchábase alegre, queriendo borrar con gritos la mancha del incidente desagradable; y allá, junto á la esquina de la casa de Rosa, acompañada por la guitarra, que gimió en sus cuerdas movidat! por dedos crispados y nerviosos, oyóse la voz de Sidoro: Con la guitarra habladora te tengo comparaíta por lo mucho que te tocan sonó en el espacio, temblando el acento como si temiese lanzar la ofensa. Y lo cruzó como el chasquido de un látigo vibrante, encolerizado. Tras de la reja sonó un alarido salvaje. Oír la copla y lanzarse Juan hacia el que la había cantado, todo fué uno. Se echó sobre Sidoro sin que amigo alguno pudiera evitarlo; le arrancó de las manos la guitarra, que se quejó como si la hiriesen, dando al aire un puñado de notas tristes y amargas, y agarrándola por el mástil, la rompió en mil pedazos en la cabeza del rival imprudente. A los gritos, á los juramentos de bocas en que sólo habla la pasión iaconsciente, diéronse por avisados los que de la otra cuadrilla de mozos por allí andaban en alegre rondalla de amor. Cuando llegaron, ya reñían en furiosa pelea Juan y Sidoro. Creyeron, al ver á su amigo navaja en mano, jadeante, descompuesto, con el relámpago de la ira en los ojos, como mortecinos al claror pálido de la noche serena, que todos los de Sidoro iban contra él. Sin saber lo que hacían, impulsados por igual movimiento, empeñáronse en horrible pelea. Con recias va ras unos, con guitarrillos y vihuelas otros, tal cual haciendo refulgir el zig- zag del innoble acero, todos se acometieron furiosos. En medio, disputándose palmo á palmo el suelo, lanzándose miradas que herían como rayos, buscándose con la navaja el sitio de la muerte, culebreando en la feroz acometida, queriendo hurtar mutuamente los golpes del contrario, Juan y Sidoro forcejeaban, luchaban ya revueltos y sin serenidad en medio de aquel estré pito y del empujarse de ios combatientes; querían morderse, concluirse En sus ropas, rotas, desgarradas, había sangre; las navajas temblaban en el aire como una maldición. Cuando, al ruido espantoso, se aproximaba gente, y de caaa de Rosa salían los padres de ésta, la lucha, por unos segundos mantenida, era horrible. Era el combate de dos fieras celosas que matarse quieren. Juan, tambaleando, vacilante, con un borbotón de sangre que por la gar ganta le brotaba caliente y roja, fué á caer sobre la pared de la casa de su amante. La navaja la perdió en la refriega; en la mano izquierda llevaba una mo fia de cintas de colores manchada de sangre. La moña que adornó la guitarra de su matador. Llegó Rosa junto á su n o v i o al c a e r desplomado. Pa ti era, mi Rosa- -la dijo entreabriendo los ojos que querían cerrarse y dándola el manojo de cintas. Y s cuerpo exánime, sanguinolento, manchado por el caudal rojo que de la herida brotaba, se estiró rígido, con la líltima convulsión de vida, en brazos de la muchacha. Junto al muerto, sangre, un ramo de flores que era la ofrenda de amor de Sidoro á Rosa, trozos de madera lus trosa y fina y una guitarra, los restos de ella mejor, con las cuerdas retorcidas como W én espasmo de horror, para no sonar nunca En tanto, la alborada de San Juan se acercaba alegre. En la lejanía oíase voces de regocijo, ecos agudos, hasta el lugar de la muerte llegando con una prolongación del contento de la tradicional mañana para la juventud y el anior nacida. En la cima del monte brillaba la hoguera, sólo extinta al rosicler risueño del alba, cuando el guiño de los astros ño se vislumbró en el alto cielo. Con las quejas de la copla que llora amores, se perdió en el nacer del día el rumor regocijado de la juventud, pasando por los campos y huertos como ola arrolladura, y llevándose haces de lirios húmedos en el cristal milagroso de la fuente y ramos de cerezos y de guindos rociados por la frescura de la alborada bendita de San Juan. HEEjnNio MEDIKAVEITIA