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LA GUITARRA N O V E L A D E DON HERMINIO MEDINAVEITIA ILUSTRACIONES DE B E I N G A DCL CEUTAMEN LITERARIO bE BLA. NCO Y NEGRO (ConcluMón. oMo rey, tía Repulga, s han de llevar estos cachos d hombre la moza más lucia de Villanmbrosa. -La más lucía eapa éste, -intervino Juan, roja la cara y temblándole el habla. -Eso pa velo es bueno. -Y pa ontnlo luego. -Y pa irecazol qu estoea mucho hablar, y que pa, las doce se sabrá en el pueblo. Lo- i dos contendientes se miraban frenéticos, queriendo comerse. Alguna vez ya se movieron, uno en el banco, en la mesa el otro, tratando de agredirse. Peto en la disputa caliente y peligrosa se enreda ron tanto, y de tal modo también metiéronse por medio los amigos, calmándola unas veces y azuzándola otras, que el ruido fué insoportable en pocos minutos. Gracias hubo que dar, para que las cosas no pasasen á mayores, á la dulzaina y al tamboril, que allá afuera, en la plaza, llamaban al baile. Sus notas alegres, resonantes como himno de triunfo, difundiéronse por el vacío pregonando la fiesta, y al entrar en la taberna medio apagadas por el rui do ensordecedor que allí había, convidaron con sus ecos de júbilo á los mozos. Cual bando de pájaros al disparar lejano, la cuadri lia, oyendo la música, se lanzó al baile, dando al olvido rencillas y luchas pasadas. Sidoro salió con el grupo de los primeros que marcharon; Jnan, tembloroso y pilido, se faé el último con dos amigos que le esperaban. IV Movíase en la plaza la gente joven que daba gusto verli. En uno de los ángulos, en el que habla sombra, tocaba en mangas de ciimi a tío Colín la dulzaina, y acompañábale con el tambor, serio, estirado, como ni cumpliese misión solemne, Oolasillo el de la Rubia, un chico de quince á dieci seis afios que era además sacristán y ayudante del barbero. Delante de los músicos formóse el círculo de bailarines. Limitábalo otro más extenso en el que se veían los que descansaban de la danzadora faena, que no eran muchos: las chicas á quienes no se sacaba al corro durante aquel baile, alguna vieja que iba á recordar tiempos mejores, y un enjambre de muchachiielos. El de la dulzaina, colorado, sudoroso, esforzábase, sobre todo al principio de la tocata, por dar la mejor expresión alas piezas bailables. Oolasillo, golpeando su tambor y haciéndole trepidar con redobles furiosos, no se cambiaba por todos los príncipes de la tierra. Los mozos llegaron al baile desde ca la Repulga en menos tiernpo de lo que se tarda en decirlo. Ya había comenzado, no obstante. Y éste con una, aquél con otra, bien pronto todos y cada uno tuvieron su pareja. Comenzaron el trenzado de pies, los movimientos de piernas y caderas, la facilidad grácil del tronco, las sonrisas intencionadas, el jaleo incesante de los danzadores marcando el compás, revolviéndose en el círculo y siguiendo unos la ruta por otros señalada. Bailaban sueltos, sin agarrarse, con cierta ceremoniosa parsimonia á que convidaban los acentos de la dulzaina, que hasta en sus arrebatos de alegre locura tenía dejos de tristeza. Oon otras amigas llegó al baile, á poco de comenzado, Rosa. Sacó Sidoro al corro á la muchacha; bailó con ella el primer baile Tras de aquel zagalejo corto encarnado, con tiras de negro terciopelo, íbansele los ojos á Juan, que con otra moza bailaba; y á cada vuelta de Rosa, cada vez que con donaire sin igual cogíase de la mano de Sidoro para pasar bajo su brazo, el corazón parece que se le quedaba quieto, sin sangre, para subir toda á la cabeza. Bailó también con otros mozos la Rosa. Ni quería que hubiese preferencias, ni dejaban de agradarle los piropos que óstog y aquéllos la dedicaban. Ya ai caer de la tarde, cuando iba extrañándole á Rosa que Juan no la sacase á bailar, se aproximó el chico y la convidó á dar unas vueltas. Tocaban los músicos una jota, no alborotada y bullanguera, sino llevando en su ritmo alegre una nota melancólica que era como la pena que se canta del pueblo. Juan estaba blanco de emoción; que el duro punzar de aquellos amores que á mal traer le traían, íbale siendo irresistible.