Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
vante zo yo. Y en tanto, la campana tocaba en la torre diciendo al pueblo que las vísperas se hablan concluido. En la taberna de l.i h ga se reunieron lot Para comeHtar, ciar lances de Juan y de y aun para encender i pasiones; porque 1? según los adeptos c I iitii; otro bando, no podi, au dar así. Allí estaba Juan y sus amigos; alguno también había que al partido de Sidoro se inclinaba; pero contándose ahora entre loa menos, contentábase con oír el chaparrón de frases dedicadas al mozo. Ya las picotaria luego si Sidoro s echaba pa tras. Bien que, hasta entonces, ni Juan ni Sidoro podían jactarse de haber obtenido favor alguno de la Bisa. Los dos bebían los vientos tras la muchacha, pero ninguno ostentó nunca sefial alguna de victoria. Disputábansela en el baile de la plaza los días de fiesta; queríanla, al decir de ellos, con el alma, pero la cuestióa de obtener el amor pretendido estaba muy verde aún. Un día, sin embargo, pudo parecerle á Juanillo que él era el vencedor. De esto hacía ya tiempo, en la otofiada, cuando yendo á coger moraa mozos y mozas al monte, entre risotadas y alegrías Eosa ni desdeñó la parla amante del muchacho ni dejó de ostentar toda la tarde, sobre el corazón, una rama de zarzamora con un apretaado racimo de fruto negro y brillante. Pero eso era todo; y lo de aquellas vísperas, que más hablaba que en su favor, en contra. Sino qne las dos enamorados, de opuestos caracteres también, levantisco Sidoro, más en reposo el genio de Juan, hacían lo que la muchacha jamás dio á entender con éstas ó las otras preferencias: recelarse mutuamente, no poderse ver, estar siempre en acecho, en averiguación de si Juan conseguía lo que no Sidoro, ó viceversa, tratarse con una desconfianza y un desaire que traían á la boca, casi sin quererlo, la frase dura ó la ofensa picante. Algo también la Eosa alentaba estas rencillas. Coqueteando con todos, no se decidía por ninguno de loe dos galanes. Y es el caso que ambos tenían qué gustar, pues humo de paja no eran ni Sidoro ni Juanillo. Los dos buenos mozos, pletóricos de vigor y vida; los dos mostrando gallardas prendas en su cuerpo varonil, vigiroso, con el que sacaban de la tierra el fecundo caudal que próvida ofrece al que carifio so la calda 7 ¡a trata. En vano padres y amigos aconsejábanla que se decidiera. Eosa, de temperamento ardiente, rico en voluntariosos desplantes, esperaba siempre, como si n e c e s i t a s e una prueba decisiva de amor. Aquello de las vis peras, los dos rasgos de los dos muchachos volviéronla á poner en confusión tremenda. Estaba Rosa pensando en Jo sucedido, y sobre todo en la rabia que no pudieron disimular Juan y Sidoro, vanagloriándose allá en las reconditeces de su alma can placer secreto de ser la causa del enojo délos enamorados, mientras una á una las rosas de su huerto, cortadas por la moza, pasaban de BUS manos á un montón de flores que al día siguiante, en la procesión, f irmarían hermoso ramo á los pies de San Juan andando vacilante en sus andas. Y en la florida tarea ocupábase mientras en casa de la Bepulga revolvíanle los huesos los mozos de la villa. Alrededor de las mugrientas mesas bebían el encendido Eioja, y charloteando acalorados gritaban sin medida ni tasa. El calor no era flojo aún, y era preciso esperar casi al poniente para que el baile comenzase. En taoto, se merendaba, se bebía Apurando iban cuartillo tras cuartillo, sin salir del tema aquel de la Eosa, cuando se presentó Sidoio más fachendoso y despreciativo que nunca, un palo en la diestra, luciendo sus colorines con jándalo donaire y llevando una flor en la oreja. iVliró á todas partes con ojos inquisidores, y se hallaron con los de Juan, también recelosos y queriendo pelea. Se sentó sobre una mesa con las piernas cruzadas, con grandes golpes del palo sobre la madera, pidiendo vino con risa entre zumbona y llena de furia. Le habían calentado ya los cascos sus amigos con lo de que Joan no dejaría dar á nadie la alborada á Eisa, y estaba como un ascua de fuego, que en vano disimular quería. A los recios golpes á que los mozos, ya armado el juvenil jaleo, respondieron con otros más fuertes, acudió la Repulga. -Pus hijo, ni que ás el ley pa que te vengas con tanto barullo. Terminará en el número próximo.