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-Oye, Sidoro, en ca de la Repulga pergonaba esta mafiana Jnanico qne sólo él daría la Baojuanada á la Boaa. -Miá el faio- -replicó con mohín de disgusto el mocetÓD, -si hubiáestao yo, tan de fijo que no le sale la palabrica del cuerpo. Lo de la Éosica á velo iremos. Por lo pronto, que la cuadrilla estamos pa festéjala Y que música tendrá en su ventana dispués de las doce. La mocendá lo quié. Los otros mozos intervinieron en el diálogo. Bruno para asegurar á Sidoro que la Ropa estaba por él, y que tonto sería dejarla á Juan, Cándido excitándole á qne llegase hasta el fin mas que se junda el mundo Perico, morenucho y esmirriado, pequefiuelo, se comprometía él solo á armar la bronca. r- Pa eso, recazo, aquí está Sidoro, -dijo el mocetón agarránJose á las hierbas de la orilla para salir más fácilmente del lío. Los otros poco á poco fueron imitándole. Y eatre cuchufletas propias de la juventud, risas francas y alegres y tal cual carrera al sol para secarse aquellos cuerpos sanos, vibrantes de vida, reluciendo como el oro bajo la lluvia de luz, fueron cubriéndose con las toscas camisas, con los bombachos tendidos en el suelo... La campana llamó á vísperas. Tomaron los mozos por la vereda angosta, sombreada entonces por los zarzales en flor, que á Los Avellanos conducía, y hacia la iglesia fueron, con la cabeza todavía mojada, ufanándose de lucir los colores vivos de los pafiuelos y faja y los zapatos de amarillo cuero, que con las cintas rojas contrastaba II Iban las muchachas á las vísperas desde los lugares más opuestos de la villa. En grupos unas, otras con su madre, aquí un anciano, allá un pelotón de chiquillos, todo el pueblo, al sonar el postrero repique en la torre, estaba en la iglesia. En el pórtico esperaron los hombres; la mocendá, como llamaban á la cuadrilla de mozos, colocóse junto á la puerta carcomida del atrio para ver á las jóvenes, para decirlas, si se terciaba, algán chicoleo al paso. Una de las últimas en llegar fué Bosa. Alta, erguida, morena, pero con suave claror en el rostro, ni tostado ni con delicadas blancuras, distinguíase de lejos por su paso firme y bien sentado, su donaire, no hijo de arrogancias soberbias, y su brillar de ojos, al acercarse, que como áureo polvillo en luciente terciopelo refulgía al medio plegarse las pestañas largas y es pesas. Juan, que la galanteaba muerto de amores, esperábala para verla. Al otro lado, con unos cuantos mozos, Sidoro veíala también venir. Pasó por entre los vecinos con sa 5 ludos y sonrisas de todos. Juan comiósela con los ojos, devorando todas aque Has que le parecían maravillosas perfecciones. Tan absorto estaba, que ni vio que Sidoro se adelantaba hasta la pila del agua bendita para mojar sus callosos dedos y ofrecerlos, así mojados, á Rosa y su madre. Ellas aceptaron el agua. 5O S Ü; Í; r, -yj La sangre, en ola de rabiosos celos, subió al rostro de Juan. Tachóse de animal porque no se le había ocurrido lo que á Sidoro; midió á éste con la mirada de pies á cabeza, desafiándole, sin darse de ello cuenta, con los ojos centelleantes, y allá en lo hondo del pecho sintió como golpeteo de martillos y amargor de hieles en la garganta. Altivo, orgulloso, Sidoro, la boina en la mano y una sonrisa de triunfo en los labios, entró en la iglesia; con él y tras él penetraron los hombres que aún quedaban en el pórtico, á la sazón que el seSor cura se postraba de hinojos, el monacillo á un lado en la grada del altar mayor. Durmió hasta entonces el templo en soñolienta quietud y despertaba ahora al ruido de los de Villaumbrcsa que asistían á aquellos cultos de la tarde. Medio envuelto en sombras, loa rojos fogonazos del sol no entraban más que por los altos ventanales, por encarnadas cortinas velados; algún hacecillo de rayos furtivos iba, con pincelada de brillante luz, á dar tonos nuevos al oro viejo, ya de color ocre, de loá salomónicos del ara, alegrando ala vez con efímeros toques de claridad las mustias flores de papel y trapo que enjarrónos de porcelana adornar querían aquel viejo retablo, carcomido por la polilla, descascarillado y mísero. Pero sentíase, entrando en la iglesia, una impresión de consoladora frescura; y es qne el calor apretaba de firme fuera, y que su incendio, más potente que nunca á tales horas, arrollábalo todo, aeotándolo y sumiéndolo en el enervamiento peiezoso que al descanso invita. La claridad incierta qne vagaba por la única nave, el frescor que despedía la olorosa juncia, húmeda aún y recién cortada, en alto montón en uno de los rincones del templo para alfombrar al siguiente día la procesional carrera, el aroma de tal cual ramo de campesinas flores llevadas por las muchachas al San Juanioo de junto á la Epístola, difundíanse por la iglesia hablando de suavísimas emociones del alma, de esparcimientos místicos del espíritu, de dulce oreo de refíigerante paz reñida y alejada de los ruidos del mundo En el coro, limitado por una baranda tosca y vetusta, colocáronse los hombres; en torno a u n inmenso facistol cantaron con toda la fuerza de sus pulmones, ante un gran libro de hojas amarillentas, de gruesos caracteres rojos y negros, los salmos del Bey Poeta. Toda aquella sublime poesía de las ardientes estrofas voló por el templo con los perfumes de las espadañas y de las ñores, con las hebras grises de humo que se escapaban de las encendidas cei illas qne allá abajo, en las sepulturas antiguas, cada una por una familia cuidada, ardían en honor de los muertos con luz viva de fe y de recuerdo perenne. Cesaron los destemplados gritos; el murmurio del Rosario corrió por la iglesia con su silabeo que sutil se prolonga arrastrando las eses del ora pro nobis como ola sonante que silenciosa va á dejar en la playa su encaje de espuma Aún sonó el fúnebre responso entre asperges y padrenuestros Después lof hombres, con ruido de recios zapatos y taconeo duro, por la escalera marcharon del coro; las mujeres, apurados los últimos rezos y dando un soplo al cerillo mortuorio, con genuflexiones y repetir continuo de persignarse y santiguarse, salieron de la iglesia En el atrio estaba ya Juan. La escena de la entrada á vísperas teníala viva en el pecho, y durante los cultos, más que en ellos, pensó en adelantar lo que perdido había, según sus figuraciones, en el negocio de sus amoríos con Rosa. Agua bendita no podía ofrecerle ya, copiando las finuras de Isidoro, que las sabía, esta es la verdad, porque sirvió al rey en lejana provincia; armar allí, á las mismas puertas del templo, una muy sonada, órale imposible para la buena marcha del amoroso asunto Discurría, dándole vueltas al magín, sobre lo que hacer pudiera, sin encontrar solución que le pareciese acertada, cuando ya Rosa y su madrs salían del lugar santo. No tuvo ni arranques ni tiempo para otra cosa. Se inclinó hacia ella, la envolvió en aliento candente y ardoroso, y allí, ante el pueblo, en alta voz para que todos lo oyesen, y á Sidoro mirando á la vez, le soltó súbito y precipitado: -La mi Bosa tendrá esta noche la mejor alborada, y donde la guitarra de Juan suene, ya puén callar toas las otras. El reto, lanzado en aquella ocasión y delante de la gente, se comentó en seguida en los grupos de vecinos que hacia el pueblo iban desde la iglesia. Tío Simón, el alcalde, tuvo miedo, así por el pronto, de que el amoroso fuego de los dos muchachos prodojera repentino el incendio, y uniendo grupos y dirigiéndose á Juan y Sidoro, trató de juntarlos por el afecto. -A gozarla hoy, chicos, y na de camorras- -concluyó sus razonamientos, baldíos porque caían en campo estéril; -á callar tos divertiéndose, c al que le-