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BATERÍAS DEL SUPUESTO ENEMIGO ATACANDO A LA PLAZA FOTS, C Í A Y A R B O N A El general Parra, director de las prácticas, y los jefes y oficiales á sus órdenes, han sido grandemente obsequiados y agasajados por toda la población de Ceuta, satisfechisima n o sólo de albergar entre sus muros á tan bizarros soldados, esperanza de la patria, sino también de que ésta se acuerde de aquella plaza tan importante y reconozca la necesidad positiva que existe de preocuparse de su defensa. L A adjunta fotografía, que nos representa al gran novelista Tolstoi, actualmente enfermo, sentado en las rocas, contemplando el m a r de Azof, no puede ser más interesante y sugestiva. Parece que la hermosa- figura de Tolstoi se agiganta y se ennoblece conforme pasan los años. En él se da el caso, ya observado en otros genios de primera magnitud, como Beethoven, de que una fisonomía tosca, de facciones que parecen trazadas á brutales martillazos en peña dura, y de expresión fundamentalmente agria y desapacible, encierre en sí no sabemos qué extraño y poderoso atractivo. Ya no es aquél u n hombre, no parece u n hombre, sino la personificación de una raza entera valiente, robusta y oprimida por las desgracias y por la tiranía; es una figura tan grandiosa como la del Moisés de Miguel Ángel, como ella poderosa y fuerte, como ella altiva y como ella dotada de u n a s líneas cuya proporción y encaje no son las habituales en la h u m a n i d a d vulgar. El alma que el gran artista toscano supo dejar llameante é inquieta en la cara del legislador hebreo, parece errar por el semblante escultórico del novelista r u s o y hay que pensar en estas arcanas y extrañísimas afinidades, que sin duda son obra y designio de Dios y no del capricho. Tolstoi es u n p a r i e n t e u n descendiente de Moisés: como él, capaz de legislar y dirigir, de predicar y de guiar á p u e b l o s enteros de infelices esclavos, idólatras é ignorantes, al través del desierto; lo mismo que Moisés, Tolstoi ha señalado y ofrecido á su pueblo una ideal tierra de promisión, diciéndole c ó m o llegará á ella, pero n o cuándo; y lo probable es (jue el grande hombre ruso lo mismo que el grande hombre israelita, muera sin llegar á hollar la t i e r r a de la bienandanza, divisándola de lejos, muy lejos, quién sabe si en el fingido h o r i z o n t e de la ilusión. TOLSTOI Y SU ESPOSA Á LA ORILLA DEL MAE, DE AZOF FOT, ALFIERI Y LACROIX