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¡Agua! -volvió á gritar el teniente con mayor energía; y como experimentase en aquel momento un alivio, ue le devolviera momentáneamente todas sus habituales energías ciel lenguaje, volvió la cabeza hacia los soldados y gritó: ¡Canallas, agua! I b a n á contestar á esta última orden, cuando del otro lado del ribazo se oyó n n grito agudísimo, seguido do algunos quejidos. Y a no había duda; el otro soldado estaba herido ó muerto. El pánico se apoderó de los dos cauíilieroa que quedaban; sintieron que la sangre se helaba en sus venas, y que de allí á pocos instantes la muerte iba á hacer presa en sus personas, porque el deber les imponía el sacrificio de i n t e n t a r n u e v a m e n t e la busca del agua. P e r o entonces surgió u n a d u d a grave: si perecía otro, y a n o e r a posible transportar al herido después de darle de beber; en este caso, ¿no era mejor trasladarlo de u n a vez al hospital de sangre y no intentar n u e v a m e n t e el peligroso esfuerzo de traer el agua? Así so decidieron á hacerlo; pero en el momento d e intentar levantar á Perote, ésto comenzó á repetir su grito de ¡agua! con verdadera furia acompañando su petición d e t o d a clase d e injurias á los soldados. E l respero y la compasión se impusieron á aquellos hombres, y volvieron á dejarle en el suelo decididos á complacerle á costa de sus vidas, y sucediera lo que sucediese. Cuando se discutía la forma y medios de evitar otra baja, buscando u n camino menos peligroso aunque fuera más largo para traer el agua, vieron los camilleros que se acercaba al grupo r á p i d a m e n t e u n a h e r m a n a de la Caridad. E r a sor Antonia, mujer joven todavía, y cuyos actos heroicos asistiendo á los heridos en las guerrillas la habían dado ya glorioso renombre. Los soldados vieron conjurado el peligro, p o r q u e sor Antonia llevaba siempre agua p a r a los heridos, vendajes, hilas y todos los e l e m e n t o s necesarios para la primera erira. Por desgracia, esta lisonjera esperanza se desvaneció en seguida: sor Antonia no traía agua; otros heridos á quienes aca, baba de asistir habían consumido todo el líquido que llevaba; pero enterada de lo que allí ocurría, tomó pronto su resolución, y con paso apresurado comenzó á subir la cuesta p a r a llegar al río. Los soldados no se atrevieron á detenerla; contemplaban atónitos aquel heroísmo, y pensaron que el enemigo al ver una mujer no haría fuego. ¡Vana esperanza! Apenas sor Antonia llegó á la cumbre del ribazo volvieron á silbar las balas y los camilleros dieron por seguro que aquel intento generoso tendría ei mismo trágico desenlajce que los dos anteriores. Por espacio de algunos instantes permanecieron silenciosos, con la vista üja en lo alto del montecillo, esperando que u n milagro d e la Providencia hiciera volver á sor Antonia con la cantimplora llena de agua. Después de un rato que pareció un siglo, sor Antonia apareció andando con cuidado para que no se derramase u n a gota del agua que con t a n grandísimo peligro acababa d e recoger, y con igual lentitud, sin que ei miedo la hiciera apresurar el paso, llegó á donde estaba el herido enronquecido por la sed y gruñendo más que pronunciando la palabra i ¡agua! s. Sor Antonia levantó la cabeza al teniente Perote y acercó á sus labios el recipiente que contenía el fresco líquido; el herido abrió desmesuradamente los ojos, apuró toda el agua de u n solo trago, y sintió u n bienestar que lo hizo olvidar todos los dolores y la debilidad misma que ie había producido la pérdida de sangre. Entonces se fijó en que era una mujer la que había satisfecho su anhelo, y desarrugando el ceño que siempre presentaba á los soldados, buscando un tono amable que j a m á s se había escuchado de sus labios, exclamó: I. rc ü i S 9 t- í Vi, f- -fí -Perdón, hermana; no volveré á decir m á s que las mujeres no sirven para nada en la guerra. -Dé usted gracias á Dios, -contestó sor Antonia elevando la mirada al cielo. Los soldados acercaron la camilla, y con el mayor cuidado colocaron en ella al teniente para conducirlo al hospital de sangro. Sor Antonia se dispuso á acompañarlos, pero á los pocos pasos notaron los camilleros que la h e r m a n a no podía seguirlos. Entonces observaron que en uno de sus brazos se dibujaba sobre el hábito azul una mancha negruzca q u e por momentos i b a agrandándose. -La h e r m a n a está herida- -dijo uno de ellos; -é hicieron alto para acercarse á socorrerla. -No ea nada, -se apresuró á decir sor Antonia. -Al descender al río sentí u n latigazo fuertísimo en este brazo. Debe ser u n rasguño. Ko es nada, vamos; yo iré más despacio. Y así continuó aquella triste comitiva hasta el hospital de sangre, en la que iban dos personas heridas, ei teniente y sor Antonia, y dos camilleros llorando de emoción por el heroísmo y caridad de una débil mujer. DIBUJOS DE EEGIDOK E M I L I O SÁNCHEZ PASTOR