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-5 -i ¿3l IJL XJ Í ffQ ¿m PENAS había comenzado la acción cuando el teniente Perote cayó herido de un balazo. Desde el prin Í M cipio de la guerra había hecho tal alarde de desprecio á la vida, que en poco tiempo había ascendido de cabo primero á teniente y había logrado adornar su pecho con una porción de cruces. Su carácter era levantisco, au lenguaje siempre lleno de groserías, y su manía la de odiar á las cantineras y á las hermanas de la Caridad, porque, en su opinión, en la guerra no debía haber faldas. -Esto es cosa de hombres- -decía á menudo; -al demonio se íe ocurre poner en el ejército una impedimenta semejante. Muchas veces había tratado mal á la cantinera de su batallón diciéndola que debía estar cosiendo á muchas leguas de la tropa, y si nunca se atrevió á tanto con las hermanas de la Caridad, por lo menos había soltado algunos gruñidos cuando por cualquier razón tuvo alguna á su alcance. En el momento de caer herido Perote, la guerrilla hizo un movimiento hacia la izquierda, y el teniente quedó solo, tendido al pie de un ribazo que servía de parapeto al río que pasaba por el lado contrario. Pasó mucho tiempo antes de que pudiera ser socorrido; eí número de bajas aquel día era grande, y los médicos, con los camilleros de la Cruz Eoja y los practicantes de la Sanidad militar no daban abasto para recoger heridos y conducirlos al hospital de sangre instalado á dea kilómetros del sitio donde se libraba el combate. Por fin llegó el momento en que un practicante y cuatro camilleros se acercaron al teniente Perote. El sol, que lucía con intensa brillantez en el espacio, enviaba directamente sus rayos sobre el infortunado oficial y aumentaba la fatiga y el ardor que abrasaban su garganta. En cuanto empezaron á moverle abrió los ojos, y con el ronco acento de su voz siempre rabiosa, exclamó: ¡Agual El practicante, después de un ligero reconocimiento, dijo á los hombres que le acompañaban: -Llevadlo al hospital con cuidado; pero antes, que beba un sorbo de agua. Que vaya uno al río á llenar la cantimplora. Y abandonó al teniente para ir á reconocer á otros que demandaban pronto auxilio. Uno de los soldados cogió la cantimplora y subió al ribazo para descender al otro lado y llenarla en el río; pero apenas había puesto los pies en la pendiente que daba frente al agua, cuando cayó rodando muerto de un balazo. Los compañeros, que oyeron el golpe del cuerpo sobre la tierra y escuchaban el silbido de las balas que pasaban sobre la cumbre, subieron arrastrándose hasta la cima, y vieron, sin apenas atreverse á levantar la cabeza de la tierra, á su valeroso compañero con el cráneo destrozado junto á la orilla del río. El teniente Perote en tanto volvió á abrir los ojos, y al verse solo otra vez clamó con todas las fuerzas que le restaban: ¡Agual! Los soldados volvieron al lado del herido, que con su gesto mostraba la desesperación de que se hallaba acometido. Era preciso traer agua, porque esa era la orden que tenían; pero ¿quién iba á recogerla? Ya sabían ellos por antigua experiencia que el sitio de más peligro en un combate es aquel donde ha ocurrido una baja, porque cada soldado tira, por punto general, todos los tii os en la misma dirección; pero allí la situación estaba agravada por el hecho que acababa de ocurrir, que era la muerte de un hombre solo, lo que probaba que el enemigo apuntaba con precisión. Aquellos tres camilleros, que tenían la disciplina por hábito y que ya constituía en ellos una segunda naturaleza, no eran capaces do dejar de cumplir la orden recibida. Antes de conducir al hospital al teniente Perote, había que darle de beber. Hubo unos momentos de vacilación respecto de quién había de correr el riesgo inminente de traer el agua; pero brevemente se acordó que la suerte lo designase. El agraciado subió arrastrándose por el montículo, y arrastra bajó hasta cerca del río. Indudablemente, el enemigo apuntaba bien, porque los dos camilleros que habían quedado al lado del herido oían los silbidos de las balas, que arreciaban desde que perdieron de vista á su compañero. Conteniendo la respiración para escuchar mejor y con la mirada fija en la cumbre de la loma, aguardaron unos segundos, que les parecieron siglos; el compañero no volvía, y las balas continuaban pasando sobre sus cabezas. -Ya le han matado- -murmuraba por lo bajo el más impaciente, en tanto que el otro aparentaba, á fin dfi consolarse á sí mismo, una gran confianza, porque aún no había transcurrido tiempo suficiente para justificar ni sospechar una desgracia.