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diferentes, consignando los nombres valencianos, castellanos y científicos de cada una do ellas, y en nueva edición de esta Memoria, el nú m e r o de aves asciende á cjento veintiocho. Los vtvers del Saler reciben el nombre de portéis, están construídos con madera, y en vez de conservar la pesca aprovechan para guardar los aprestos de caza. Cuando empiezan ¡ais frías tardes lo invierno acuden los cazadores al Saler, donde se distribuyen los puestos. El puesto viene á ser como medio tonel sujeto á tinas estacas plantadas en el lago. Favorecidos por las sombras nocturnas, conducen los barqueros á los cazadores hasta sus respectivos sitios; allí se ocultan entre Jas yerbas que cubren al puesto para quitarlo la apariencia artificial; los ánades de corcho flot a n por delante, fingiendo, con los plomos nivelados, el movimiento de vida que atrae á los ánades de carne y hueso cuando al llegar la claridad del alba acuden en banda das nutridas. E l espectáculo es bellísimo. Aquella animación de las aves que revolotean heridas por los mortíferos perdigones pugnando p o r alzarse del agua donde cayeron, los estampidos de la óIvora que turban la tranquilidad Silenciosa, la m a ñ a n a que empieza; y el sol que nace llenando de luz el pintoresco cuadro de la tirada, recompensan con creces la incomodidad de la espera forzosa que h a de soportar el cazador durante la noche. H o y h a perdido mucha importancia esta costumbre, pero antiguamente concedían los reyes dos tiradas gratuitas al año; una el día tle Han Martín, y la otra el de Santa Catalina. Jiabía entonces que ver el ejército de escopeteros que llenaban la Albufera. Muchas familias aprovechaban la ocasión para hacer una jira hacia aquellos lugares; y cuando el mediodía llegaba, la Dehesa ofrecía u n aspecto pintores- rtMiftí- V- I cü, animada por la multitud de comensales que engullían con extraordinario apetito el condimento de las sabrosas paellas, entre charloteo incesante salpicado do risotadas alegres. Los que no acudían á las tiradas, se congregaban en el camino de Monte Olívete aguardando la llegada de los cazadores, que venían ufanos con los marciales atavíos de la caza y levantando el brazo que sostenía grandes racimos de ftílicas y patos. Procurando encontrarse en estas épocas es como se forma uno idea exacta de lo que es la Albufera, pues el que pensara hallar allí el encanto pintoresco de los lagos de Suiza de Lombardín, sufriría una decepción grandísima, porque el industrioso labrador valenciano va oonvirtiendo en productivas ierres d arrós las marismas incultas y malsanas. E s muy lamentable que sea la Albufera uno de tantos misteriosos y poéticos rincones de Esp a ñ a como hay destinados á desaparecer, invadidos por el empuje industrial y agrícola propio de la civilización m o d e r y na, más inclinada al lucro que á la poesía; p e r o tampoco debe dudarse que si surgen en ellos la riqueza y Ja vida y se da u n paso dei isivo en el combate con la miseria, m á s legítima y más lozana poesía brotará de aquellos sitios donde se albergaron la tradición y la leyenda. J U L I O DI 3 HOYOS a M fe