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LOS cTENORIOS DE MADRID ABA Don Juan Tenorio, como para las personas bien conservadas, no pasan años. JToí cowo ayer, mañana como hoy, y siempre igual, como dijo el poeta. Al asomar en el calendario la fecha del 1. de iííoviembre, el hijo predilecto de Zorrilla llama á la puerta de los escenarios buscando en ellos á su aliento empresas grandes. Y los teatros, lejos de ahuyentarlo como á medroso fantasma, le reciben cariñosamente con los brazos abiertos, porque para muchos significa Don Juan Tenorio la salvación, la defensa de varios días, ya que el público, eminentemente tradicional, nó deja pasar año sin que acuda á rendirle homenaje celebrando sus aventuras, y sobre todo su destreza para rendir amores. Don Juan Tenorio tiene incondicional y lucida corte de admiradores, y por eso ante su anuncio cércanle los actores dramáticos, que tomando sobre sí la leyenda, le resucitan, vistiéndose el tabardo y la trusa. E n D o Juan Tenorio ponen sus pecadoras manos todos los que sienten afición decidida por la escena, y como ya dijo el propio aventurero, ha recorrido su amor toda la escala social, desde las cumbres del teatro clásico hasta el Salón Zorrilla. Este año, sólo en Madrid hemos tenido el gusto de verle en el Español, Novedades, Alhambra y Martín, por los primeros actores Díaz de Mendoza, Pepe González, García Ortega y Manolo Vico. E n el primero de aquellos coliseos, vestida y puesta la obra con la exquisita atención de quien tanto se afana por el buen nombre d e l a escena española, aplaudimos á Díaz de Mendoza, que dijo con honda ternura las delicadas décimas del acto quinto. E n el segundo vimos á Pepe González, el Tenorio fogoso, vehemente, consagrado por las tradiciones; en el tercero, á García Ortega, u n Don Juan de correcta dicción dramática, y en el cuarto, á Manolo Vico, que en determinados momentos trajo á nuestro recuerdo la colosal figura de su padre, animada por la juventud. Todos h a n escuchado aplausos, y cada imo dentro de su temperamento y condiciones h a líecho un Don Juan muy digno de aquella fama con que le aclamó Sevilla. GARCÍA ORTEGA (Teatro Alhambra) ¿Quién nunca á ti se volvió, ni quién osa hablarme asi, ni qué se me importa á mí que me conozcas ó no? (Acto 1. DÍAZ DE MENDOZA (Teatro Español) Con oro nada hay que falle. Ciutti, ya sabes mi intento: á las nueve, en el convento; á las diez, en esta calle. (Acto 2. MANUEL T I C O (Teatro Martin) JOSÉ GONZ. ÁLEZ (Teatro Novedades) Os acepto el qqe me dais, plazo breve y perentorio, para mostiarme el Tenorio de cuyo valor dudáis. (Acto 4: FOTS. CIFUENTES No os podéis quejar de mí voFotros á quien maté; si buena vida os quité, buena sepultura os di. (Acto 5 S) i