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H ACE unos cuantos días, Luis Aldama recibió un telegrama, el cual, adpedem litere, decía: Su tío don Mateo, tras penosa agonía, falleció m a d r u g a d a pulmonía. Van detalles correo. Le doy sentido pésame. -García. Luis volvió á repasar el contenido del telegrama aquel, mientras su esposa, que 63 por cierto m u y guapa y muy gracio. a, lijando en BU m a r i d o una mirada dulce y amorosa, le preguntó impaciente: ¿Qué ha ocurrido? -Kada, mujer, q u e soy muy desgraciado, qae no tengo u n momento de alegría; que es muy negra mi suerte; ¡está probadol que se h a m u e r t o mi tío el de Almería, y que el proyecto de hoy ha fracasado. ¿Ya no vamos al Eeal? ¡De ningún modo! ¡Ni pensarlo siquiera, criatura! ¡L- al Real! ¡Qué locura! ¿No ves que aquí en Madrid se sabe todo, y nos criticarían m á s de cuatro si algún amigo mío supiera la desgracia de mi tío y nos viese esta noche en el teatro? -Pues yo no gasto luto ¡buena gana! Porque ¿qué voy á hacer con ese traje color verde manzana, adornado de encaje, que envió la modista esta mañana? Los lutos n o son m á s que tonterías Si al fin fuera u n pariente más cercano pero un tío tercero ¡y provinciano! -E s verdad; hay que hacer economías. Tras breve pausa hablaron de otro asunto, y antes de media hora ni Luis ni su señora volvieron á ocuparse del difunto. Pero al día siguiente llegó á manos de Aldama la carta del amigo del pariente que le había mandado el telegrama; y después de leerla bien leída, le dijo á Magdalena: ¡Qué le vamos á hacer, esta es la vida! Bien dicen que es el mundo una cadena en cuyos eslabones está unida la dicha con la pena Ko quisimos anoche ir al teatro por n o dar que decir á m á s de cuatro, y Dios, que siempre se mostró propicio para recompensar buenas acciones, nos paga aquel enorme sacrificio con m á s de dos millones. Porque según García, como el difunto tío era soltero, y á mí, e n t r e los sobrinos, me quería más que á ninguno, m e n o m b r ó heredero de cuanto poseía; que es, a u n q u e á ciencia cierta no estoy fijo, u n a ganadería, una huerta, dos casas y u n cortijo. ¡Pobre señor! -repuso Magdalena llevándose á los ojos el pañuelo, después de suspirar con mucha pena. ¡Dios le tenga en el cielo! Y hoy cuando á Magdalena ó á su esposo les pregunta la gente que por quién van de luto riguroso, co testan sollozando amargamente: -Pues, por u n tío á quien quisimos tanto, que le tendremos siempre en la memoria, y que estará en la gloria. ¿No h a de estar en la gloria, si era un santo. DETJSDEDIT