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í y c í- f i A f l MANBCió un día triste, lluvioso, de color plomizo, propio de Conmemoración do Difuntos. Aquel conw l tinuo doblar de las campanas de la iglesia próxima era para Serafín una especie de recordatorio, un piadoso aviso de que la Iglesia celebraba el gran día de moda de iDs muertos, un día señalado en el año para que lloremos públicamente en la ciudad lineal de los difuntos. Después de vagar la vista por los te, iados, pintoresco paisaje que se admiraba desde la ventana de su sotabanco, pensando en sus más caras afecciones, en sus allegados, en otro mundo de recuerdos y días mejores, Serafín suspiró tristemente como elocuente resumen de sus pensamientos. Su tristeza aumentó al contemplar las desnudas paredes de su cuarto, más que liumilde, pobre; por todo ajuar una mesa desvencijada, que debió perder una de sus patas en alguna acción de guerra; dos sillas, una de Vitoria y otra de pueblo desconocido, y un baul- mundo, generoso mueble que en obsequio de Serafín desempeñaba muy discretamente otros importantes usos, pues era mesa- despacho, armario, mesa comedor y diván. Para todo servía menos para lo que era su principal destino. En su interior y por artes mágicas, las ropas habían sido sustituidas por papeletas de empeño; s ólo contenía dentro de su vacío estómago algunos libros, entre los que se hallaba completamente en ridículo Un Manual de cocma, varios papeles de familia y unas castañuelas, lo único alegre que tenía aquel cuarto. Por eso nada tiene de particular que Serafín dijese muchas veces respondiendo á sus íntimos pensamientos: ¡Cómo está el mundo! Y tenía razón. Serafín, como buen conservador de las costumbres que vio en su familia, se dispuso á cumplir en aquel día con sus difuntos. Registró minuciosamente los bolsillos, y aunque estaba f seguro (Z que en ellos no había un céntim o, sin embargo, hizo detenidamente la operación para que nunca pudiera recriminarse á sí mismo de haber obrado de ligero. La requisa dio, como él mismo se lo esperaba, un resultado negativo. ¿Qué iba á hacer sin dinero Serafín? ¿Cómo honrar á sus numerosos difuntos? Nuestro héroe, en la imposibilidad de ir al cementerio con una ofrenda mortuoria, acordó encender en la noche de Difuntos unas modestas lamparillas en memoria desús parientes, acudiendo por medio de la portera á un último empréstito cerca del tendero de comestibles. Repasó la lista de sus deudos, y se encontró con que era tan num erosa, que necesitaba más de lo que podía pedir, -y con muy buen acuerdo hizo una selección de parientes, concediendo el derecho á lamparilla á los más acreedores, derecho que Serafín les concedió después de escrupuloso examen de sus méritos y servicios. Con justiücado asombro, la portera pidió al tendero, después de la interview con. Serafín, una botella de aceite, que nuestro héroe calculó necesaria para alimentar el fuego sagrado de las lamparillas; pero el tendero, que sabía muy bien á qué atenerse, le pareció que en el pedido debía haber equivocación, ó que se trataba de una bromita de el del sotabanco, y en lugar de la de aceite le mandó por la portera una botella de vino. Cuando de todo, es más lógico que me alumbre yo que los difuntos. Y dicho y hecho. El pobrefe erafínen pocos momentos apuro la botella, y como el vino era de tiro rápido, nuestro héroe sucumbió, cayendo al suelo borracho, mirando estúpidamente las lamparillas vírgenes de aceite. DIBUJOS DK ROJAS LUIS G A B A L D O N