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BINA en el cuarto de estudio del doctor Abelardo el recogimiento precursor de las horas solemnes. Hasta la luz solar permanece detenida en los umbrales de aquel santuariu de la ciencia; pero u n rayo travieso consigue deslizarse por entre las laminillas de las persianas, y entra. Atolondrado por la penumbra que á él se le antoja obscuridad completa, y deseando salir sin ser visto, va preguntando su camino á cuantos átomos de polvo encuentra al paso; pero e! polvo, acostumbrado á las negruras de la sabia estancia, ignora el camino que ha de seguir la luz, y el rayo intruso va cometiendo en su intento de fuga torpeza tras torpeza. Choca prinrero con los cristales de la biblioteca, y arranca llamaradas á su pulida superficie; lánzase después de un salto al muro, y va á dar de lleno sobre una panoplia de armas antiquísimas, que chisporrotean al recibirle como animadas por bélico fuego; intenta entonces sepultarse en los abismos, y en su viaje descendente rebota sobre una superficie marfileña, que al bañarse en su luz despide irisaciones perlinas: es la calva del doctor Abelardo, cúpula augusta de u n templo de ideas. L a calva del doctor e. -tá inclinada; resbalando por ella baja el rayo de sol y se desparrama en u n viejísimo pergamino que extiende sobre la mesa su faz amarillenta y rugosa. Parpadea el doctor cegado por la claridad inesperada; el rayo de sol prosigue su carrera, y no acertando con la salida va á refugiarse en u n rincón; las moscas que dormían envueltas en cendales de tinieblas, desjúertan y emprenden en el eaminitn de luz uno de sus más complicados bailables. U n asomo de viento mueve la persiana; apriétanse sus laminillas; instantáneamente, el rayo de sol se extingue tragado por las sombras, que se estremecen levemente, satisfechas de su obra destructora. El doctor ha vuelto á sumirse en el estudio del pergamino. E s u n sabio que parece trasladando por arte de magia á estos nuestros tiempos novísimos desde los limbos medioevales. Lleva vida de asceta, y su cuarto de estudio tiene no poco de antro. Su espíritu vive en el pasado; únicamente las ideas que fueron mueven su cerebro al entusiasmo, y sólo alteran el ritmo de su corazón las emociones que cuentan por lo menos mil años de fecha. Tiene, además, una extraña manía: aborrece el amor; dice que en las historias de tiempos antiguos no ha encontrado vestigios de que á cosa tan despreciable so le hayan jamás, en las edades sabias de la humanidad, tributado honores de sentimiento. La ciencia- -pensó siempre el doctor- -es la única verdad, el único alimento digno del espíritu. Aferrado á su tema, gastó Ja vida en investigaciones sapientísimas. Recorrió tierras, atravesó mares, husmeó sepulcros, desenterró momias; y como si el pasado quisie. e pagar aquella ferviente admiración, le deparó un triunfo, coro na y remate de su vida científica, haciéndole descubrir las huellas de un pueblo antiguo no sospechado por la Historia. E n no sé qué rincón del mundo descubrió el sabio los vestigios de aquella extinguida civilización: vasijas, armas, telas, esqueletos; la tierra había conservado casi intacto aquel botín de ciencia, y el doctor Abelardo trazó en veinte volúmenes la historia del pueblo desaparecido. Kada faltaba en ella: ni la gentileza de sus mujeres, ni la apostura de sus mancebos, ni la marcialidad de sus guerreros, ni la pompa de sus cortejos triunfales; nada faltaba en ella más que el alma. Inútilmente el sabio buscó un eco que hablase de cómo habían pensado ó sentido aquellas gentes. El espíritu del pueblo remoto se había evaporado entre sus ruinas como esencia que h u y e por las grietas de una ánfora rota. Únicamente, tras mucho rebuscar, ericontró guardado en caja primorosa u n pergamino cubierto de caracteres menudos; pero es el caso que no pertenecían á ningnna escritura conocida; y sin embargo, el alma de aquel pueblo estaba allí, riéndose de la penetración h u m a n a con la burla de aquellos lineamientos misteriosos. ¡El alma; Lo que necesitaba para ser comrdeta la obra del doctor Abelardo. Por eso, dando de mano á toda otra ocupación, dedicóse desde entonces á buscar el sentido de la rancia escritura, y en esta faena dejó atrás la juventud y vio pasar la edad madura y tocó en los linderos de la vejez, hasta que u n día, aquel precisamente en que el rayo de sol entró en el antro- estudio y perdió la vida en sus sombras, halló la clave del o crito. El desamorado doctor sintió en el pecho algo muy semejante al golpeteo de la pasión, su enemiga de siempre. ¡La clave! Púsose á traducir el pergamino. ¡Iba á saber al fin! Temblaba de fiebre; pero de pronto dejó caer la pluma con que iba trasladando á idioma vulgar las antiguas ideas. Pintóse en su semblante expresión de cólera; masculló u n improperio, y arrugó el pergamino entre las manos. Y es que las líneas que le cubrían, única huella del alma de un pueblo remoto, los signos en cuya interpretación Labia consumido su vida el sabio enemigo del amor, eran ni más ni menos que una carta de amores. ninUJO DE E. VAREL. G. MARTI EZ SIERRA