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¡üll USiULL! (C Ü E S I O DB DOS SIGLOS H A) IÑA que inspiras cantares á los mozos de tu pueblo, que de sus castos amores te envían ofrecimientos, pues dicen que es hecliicera la luz de t u s ojos negros, á cuya llama se encienden los corazones de hielo: de luengas tierras venido, también yo, niña, á ti llego para el mal de mis amores á d e m a n d a r t e consuelo. Tal dijo al pie de u n a torre bien parecido mancebo; sonó un suspiro del alma, tan dulce como los ecos de su laúd requerido que lucieran gemir al viento, y en mal ahogados sollozos así comenzó de nuevo: Fué el amor de mis amores dulce afán, casto deseo, vida do toda mi vida (jue ya para siempre ha muerto. Dormida el alma al arrullo de arrobador embeleso, para que yo le gozara hizo de la tierra u n cielo. Enamoradas las aves en no aprendidos gorjeos, sublimes cantos alzaban del alba al primer destello. L o s pétalos de las flores besando galán, el céJiro embriagado en sus aromas de amor suspiraba tierno. Besando juncias y cañas el bullicioso arroyuelo, corría á hundirse en el fondo del ancho río sereno. Amor sentían las aves, amor el manso cordero, ¡amor! sonaba en el llano, ¡amorl repetía el eco. DIBUJO DE VAEEI. A N Y siempre de mis amores divinidad del deseo, un ángel de blancas alas velaba al pie de mi lecho. ¡Mas ¡ayl triste del que sueña, dichas y amores mintiendo, que pronto cruel desengaño le mortifica despierto! ¡Yo soy el que en sueños de oro halló la verdad de hierro; el amargo desengaño tras dulce ilusión corriendo! ¡El que de amores herido busca ignorado remedio; el que yá, falto de fuerzas, sucumbe al dolor sin freno; que, harto de llorar los ojos y de congojas el pecho, el alma yace abatida, el corazón está yerto! Jíiña morena que tienes el nombre de un ángel bueno, pues dicen que forja hechizos la luz de tus ojos negros y no hay corazón valiente que no se rinda á t u imperio, muéstrame tu faz hermosa t a n sólo por u n momento, que á verte, niña, h e venido de luengas tierras, y anhelo beber la más encendida de tus miradas de fuego, por si á su mágica lumbre de amores arde mi pecho. ¡Mas no, niña, no te asomes; perdona mi loco empeño, que en el mundo es imposible resucitar á los muertos! s E r a e! crepúsculo entonces cuando apagáronse á un tiempo la dulce voz del poeta, del sol al postrer reflejo. Al par también asomaron dos refulgentes luceros: en la ventana la niña, en eb horizonte Venus; y, las sombras de la noche en vaporoso misterio, del monte al llano extendidas, todo fué luto y misterio, líadie conoce al poeta, que más al lugar no ha vuelto, y no ha habido nuevas suyas ni de cerca ni de lejos. Servidores del castillo van en su busca corriendo, que por oir sus cantares llora la niña én silencio. Diz que llora enamorada, y que si él n o acude presto, tan vecina está la muerte, que no la encuentran remedio. Mustios como se alejaron los servidores volvieron, sin poder en sus pesquisas hallarle vivo ni muerto. De atabales y trompetas pueblan el aire los ecos, ti- istes como las campanas que doblan al mismo tiempo. Que un año todo expirando, como luz sin alimento, sin esperanza la niña el ay! exhaló postrero. Eternamente ignorados los vates de aquellos tiempos, quizá tan solos morían y tan pobres como en éstos. Y siempre h a habido mujeres que, por su dicha ó tormento, sólo aman los imposibles como la niña del cuento. EDUABDO DE L E S I O N Ó