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Después de redactado y convenido el presupuesto, cayeron los patronos en la cuenta de que no había consignación alguna p a r a camas, alimentos, ropas y otras cosas de t a n t a urgencia necesitadas por los enfermos, y como ninguno de los tres administradores se aviniera á rebajar n i un cóntiiuo de las partidas afectas á sus respectivos recomendados, acordaron apelar á donativos propios y ajenos y suplir de la partida de imprevistos los gastos que en atenciones del hospital se ocasionaran; y á tal extremo llegaron en su empeño y en la competencia de su filantropía, que entre el cura párroco y el teniente cura donaron u n a cama y u n a imagen para la capilla, m á s todos los utensilios y ornamentos del culto; el juez municipal hizo gracia de u n cajón de ropa blanca; el alcalde regaló dos catres y tres colchones, y estimuladas con estos ejemplos las almas piadosas, acorrieron con tal solicitud y tal largueza, que el hospital abrió sus puertas é inauguró sus beneficios sin m á s tropiezo que el de haberse agotado en mil perfiles la menguada partida de imprevistos y consumido el ardor caritativo de las gentes. El primer enfermo que entró en el hospital fué un viejo miserable y alcohólico apodado el tío Cdbanillas, el cual se hallaba en el mayor desamparo, porque su mujer, la tía Gervasia, vieja también, pero sana y robusta, había salido del pueblo con u n a cuadrilla de segadoras, dejando solo en la humilde casucha á su desgraciado cónyuge. Durante los primeros días de la enfermedad, no sólo la hospitalera, el practicante y el médico asistían al tío Cabanillas, sino que los patronos le visitaban de vez en cuando, y éste le proporcionaba u n a taza d e caldo, aquél u n vaso de leche, y el otro una ración de gallina; pero como la enfermedad pertinaz y dura fué m á s perseverante que aquellas novelerías y entusiasmos caritativos el paciente quedó por fin entregado á merced de la hospitalera, que no podía suministrarle alimento porqiíe sólo quedaba en el presupuesto consignación para personal y medicinas. Sin embargo, la hospitalera compadecida facilitaba al tío Cabanillas alguna taza de caldo d e su ración, desustanciada y escasa, y de camino, p a r a hacer valer su caridad y asegurarse en su empleo, lo iba diciendo y propalando por todas partes; tanto, que llegó el rumor á oídos de la tía Gervasia, la cual, al tener noticia de que estaban matando de h a m b r e á su esposo en el hospital, se encaminó hacia el pueblo, y con el pelo desgreñado, la hoz en la mano, el pañuelo flotante y á grandes pasos, entró en el hospital á ver á su marido, y una vez que le halló en la cama amodorrado con la fiebre agónica, y llegada que fué la ocasión propicia de echársela de víctima y de personaje dramático, aquella mujer que nunca se curó de su esposo y que de ordinario le trataba como á u n perro, comenzó á dar voces y gritos, cogiendo la cabeza del repugnante alcohólico entre sus rugosas manos, en tanto que exclamaba: Cordero mío, precioso, rey de mi casa; te están matando de h a m b r e estos malvados! Después quiso darle de comer nueces y chicharrones y le empapujó con ellos la desdentada bocaza, para matarle, como ella decía, la debilidad; pero el tío Cabanillas no hizo más que revolver estúpidamente con su lengua aquellas suciedades, arrojándolas, por fin, con el estertor y la espuma del último suspiro. Entonces 1 Í tía Gervasia esplayó y desahogó en una tormenta de gritos y lamentos la bullidora intensidad de su pena, reforzada con el interior deseo de redimir y compensar con lágrimas los añejos desabrimientos que tuvo para con su esposo, y en seguida, hecha una arpía, una verdadera furia, desmelenada y pingajosa, fuese á casa del cura, donde con voz de caña que se raja y ademanes de tigre que acomete, le dijo escandalosamente: ¡Son ustedes unos infames y unos bandidosl! ¡Mi hombre se h a muerto de h a m b r e en el hospital, porque ustedes se h a n tragado el dinero de la difunta y se lo comen todo entre escribientes, practicantes, albafiiles y otras cosas que no hacen falta, mientras los enfermos perecen de necesidad! ¡Bandidos, pillos! Los patronos se reunieron en casa del señor cura y no supieron explicarse cómo la mujer tenía razón, siendo ellos tan buenos y caritativos como eran, y habiéndoles costado dinero el patronazgo; y es que ninguno acertó á decir que los españoles comprendemos y practicamos la caridad individual, con deseo de obligar al favorecido; pero no estamos ni educados ni dispuestos para ejercer la caridad social y colectiva. Amamos al amigo y al compañero, pero no á la h u m a n i d a d n i á la patria. R A F A E L TOREÓME DIBUJOS DE ALBERTl