Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
L dolor, cuando es hondo, sincero, no tiene más que una expresión: la sublime majestad del silencio. P o r eso no comprendo á los poetas que cantan la muerte de los seres queridos, que pueden alternar el dolor con la preocupación de la rima y con la atención de los consonantes; por eso las visitas de pósame son en la mayor parte de los casos materia cómica admirablemente dispuesta. L a habitación donde se recibe h a de estar cuidadosamente preparada: las maderas d e los balcones, entornadas; la viuda en el ángulo obscuro, y á su lado desplegadas en semicírculo las amigas de la casa. El que entra, como la habitación está casi á obscuras, tropieza en cualquiera de los muebles ó con alguna persona, lo que ya da lugar á u n incidente cómico. Después es necesario que haga u n a minuciosa requisa hasta que llega á descubrir á la viuda, que al verle llora, como siempre que entra cualquiera de los amigos de su difunto. El recién llegado le da dos golpecitos cariñosos en la mano, y generalmente se limita á decir: ¡Vaya, vaya! ¡No somos nada! ó fingiendo la más candorosa inocencia, pregunta: ¿Pero cómo h a sido eso? ¡Si anteayer estuvo conmigo en el Japonés! ¡Pues ya ve usted! ¡Un escopetazo! -dice la viada suspirando largamente. ¡Vaya, vaya- -dice otra vez el recién llegado; -realmente, no sé para qué nos cuidamos! Sale u n o de su casa t a n bueno, y no sabe si volverá ó no. ¡Tiene usted razón! dicen las señoras á coro. Después, el amigo cuenta alguna anécdota del difunto; la viuda sonríe y exclama: ¡La verdad que n o sé cómo me río; pero el pobre tenía unas cosas! Después invitan al recién llegado á que pase á verlo; entra sigilosamente, y después de contemplarle unos momentos, añade: ¡Pobre! ¡Enteramente parece que está dormido! Ya es sabido que eso se dice de todos los difuntos. Y dioiéndole á la viuda: ¡Pues ya sabe usted que estoy aquí para todo lo que usted necesite! lasgo de protección que cuesta m u y poco, se despide añadiendo: ¡No la digo á usted nada! ¡Resignación, i- esiimación, porque hoy unos y m. añana otros, hemos de llevar el mismo camino! Y se va. Hay otros visitantes fúnebi- cs que entran desde la puerta violentamente, con ademanes de una gran desesperación: ¡Dónde está? ¿dónde está? ¡Quiero verle! y después de contemplar el cadáver, se vuelven indignados á la viuda para decirle: ¡Pero hay justicia! ¡Morirse u n hombre como éste cuando queda en la tierra tanto granuja! ¡Calle usted, señora; en m i casa, hoy no ha comido nadie! La sopa se h a quedado en la mesa sin que ninguno haya querido probarla. E r a u n herm ano ¡qué! ¡más que u n hermano, u n padre! ¡qué! ¡más que u n padre! Y luego, dando una tregua al dolor, cogen á la viuda y le dicen: ¡Por supuesto, usted se viene á casa con nosotros! ¡Donde comen cinco, comen seis! Y si la viuda acepta, á los ocho días ya n o saben cómo decirla que se vaya. E n contraposición con este modelo, hay otro amable, persuasivo, dispuesto al heroísmo en silencio; éste se instala en la casa, dispone todo, arregla lo del entierro, ve al marmolista, y á la hora de comer se sienta frente á la viuda para instarla á que coma, diciéndola cariñosamente: ¡Hija, no se abandone usted! ¡Lleva usted tres días sin pegar los ojos y sin tomar alimento! ¡Vamos, coma usted algo! No ve usted que con llorar no se adelanta nada? ¡Si se adelantara algo! ¿No ve usted que se está usted matando? La viuda acaba por reconocerlo, y va notando que aquel amigo le es necesario p a r a las dos comidas. Cuando el fallecimiento ocurre después de una enfermedad larga, entonces el sistema es otro. Todo el mundo dice á la viuda: ¡Mire usted, para verle sufrir así, más vale que se lo haya llevado Dios! ¡Así descansará el pobrecito! A lo que responde: ¡Sí, pero así y todo, u n hombre siempre hace falta en una casa! Otros, más benignos, echan la culpa al médico, diciendo: ¡Yo creo que no le han entendido lo Que tenía! Con mi p a d r e también se equivocaron! ¡Nada, no somos nada! como dice el coro general. El dolor pasa; la viuda, primero se viste de luto riguroso; después viene el alivio, y después del alivio, otra voz el traje nupcial. Por más que hay muchas viudas que so alivian desde el primer momento. L u i s GABALDON fí Al