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voluciones de su cerebro asnal; porque al cabo de algún tiempo venía otra vez por el mismo sitio con otra carga, que esta vez no eran sacos de sal, sino una verdadera montaña de esponjas, y sucedió lo siguiente: Todo era igual á lo que fué en la primera ocasión: la época del año, pues era u n abrasador día de verano; el sitio, que por el mismo barranco caminaba el asno y hacia el mismo arroyo se iba aproximando; el cansancio, porque la jornada había sido larga, aunque la carga no era tan abrumadora como la otra vez; las molestias, porque lo que no iba en salmuera iba en moscas; todo lo mismo, con esta única diferencia: la de llevar sobre el lomo esponjas, en vez de llevar cargamento de sal. Pero estas difeiencias no puede apreciarlas un borrico; pedir que las apreciase, sería pedir demasiado á su modesta inteligencia. Así es que el animal iba pensando consigo mismo: Todo esto será hasta que yo llegue al arroyo; en cuanto llegue, me echo en el agua, y en cuanto me eche, se acabó la carga, y me levanto fresco y ligero. Así fué, que al acercarse á la arroyada, el borrico volvió la cabeza, miró con sorna al mozo que le guiaba, levantó el labio, que fué una manera de sonreír, porque enseñó los dientes, y pensó para sí: En cuanto lleguemos al arroyo, verás tú. Y en efecto, llegó á poco, penetró con cierto trotecilio provocativo, y en cuanto se vio en el centro, se dejó caer, y en el agua se sumergieron las esponjas. Así estuvo un rato, y al fin se levantó, pero aquí fué ella. ¡Escarnio de la suerte, desengaño cruel, traición infame! La sal de la otra vez se había deshecho, pero las esponjas se llenaron de agua, y la carga se multiplicó de una manera abruinadora. Apenas pudo salir el borrico del arroyo, y el resto del camino faé una continua agonía. Las piernas se le doblaban; á palos le hacía levantar el mozo, y el sudor de la fatiga se mezclaba con lo que chorreaba del empapado cargamento. El borrico no sólo iba muerto del cansancio, sino absorto y confundido y abriendo mucho los ojos, como quien dice. No lo comprendo; esto sí que no lo comprendo. Realmente, es pedir demasiado empeñarse en que un borrico entienda lo que hay muchos hombres que, con ser hombres, no llegan á comprender; el método experimental y el método histórico tienen sus inconvenientes y sus quiebras. D. Tomás leyó la fábula, y al concluirla se dio una palmada en la frente y dijo lo que se dice al fin de muchas comedias: ahora lo comprendo todo. La sal se deshace en el agua; la esponja la chupa. La carga desaparece en un caso, pero se acrecienta en el otro. Eso me ha sucedido á mí muchas veces en la vida, pensó D. Tomás. Sí, gran cosa es la experiencia; pero en cada caso hay que distinguir y analizar y no proceder de ligero. E n adelante, antes de echarme en el arroyo, me enteraré bien de si la carga que llevo es de sal ó de esponjas. Y así lo hizo en adelante. Y cuenta la historia que lo pasó bastante bien. Su modestia fué recompensada: se había resignado á recibir las lecciones de u n pollino, y obró prudentemente, porque á veces los más humildes dan lecciones provechosas á los más sabios. Le fué bien hasta el fin, repetimos, porque algún tiempo después pensó en casarse, y lo estuvo dudando, porque no sabía á punto fijo si la nueva carga iba á ser de sal ó de esponjas. Pero como la novia era andaluza y muy salada, creyó lo primero, y se metió en el agua resueltamente; es decir, que se casó y fué feliz. Y aquí se acabó la historia de D. Tomás Barrientes y del borrico de la sal y las e. sponjas. JOSÉ DIBU. JOS DE REGIDOR ECHEGAEAY