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al sol, y hay que tropezar con todas las señoras guapas. Pero al año siguiente, por la misma época, quiso aplicar la fórmula. Tropezó con otra señora intencionalmente, repitió la fórmula galante, y sin esperar á que ella le diese la mano, hizo ademán de cogérsela, cuando sintió que otra mano formidable caía sobre su mejilla y le hacía ver al mismo tiempo que el sol poniente, todo un surtidor de estrellas. Con el sudor formábase salmuera que le penetraba por los poros; y el sol, la sal, la carga y lo escabroso del camino se ensañaban en el borrico, hasta el punto de enloquecerlo de cansancio, dolor y desesperación. Y no se nos diga que no es verosímil que un borrico enloquezca, porque se h a n dado muchos casos, y es de esperar que se den otros muchos en lo futuro. Cuando ya el borrico, que no podía más, estaba á punto de caer, llegaron él y el mozo que lo guiaba, y Fué preciso modificar el resultado de la anterior experiencia, agregando: Pero ante todo conviene averiguar si la señora con quien ha de tropezarse va sola. Y así se iba tejiendo la vida de D. Tomás; y con ajusfar puntualmente su conducta á las enseñanzas de la experiencia, así y todo llovían sobre el señor de Barrientes conflictos, calamidades y desengaños. ¿En qué consiste, se preguntaba él á sí mismo, estos chascos que la experiencia me da? ¿Pues no afirma el adagio vulgar que la esperiencia es madre de la ciencia? ¿Cómo para mi sólo la madre amorosísima se me trueca en madrastra cruel? A pesar de todo, D. Tomás Barrientes seguía aplicando á su conducta el método positivista. Y siguieron menudeando los conflictos experimentales y los bofetones prácticos. Decididamente en algo consistía su desdicha; pero ¿en qué consistía? Al fin cierta m a ñ a n a en que por entretenerse en algo leía u n libro alemán de fábulas, encontró en una la clave del problema. L a fábula, en substancia, es como sigue: E n una tarde de Agosto, por terreno áspero, entre laderas áridas y bajo u n sol de fuego, iba u n borrico cargado con unos cuantos sacos de sal. La carga era enorme para el pobre borrico, que caminaba jadeante y sudoroso. Los sacos eran viejos, con remiendos mal cosidos y agujeros y roturas por donde la sal se escapaba, cayendo sobre las ancas y el cuello del desventurado animal. que á puro palo venía animándole, á un riachuelo, que á poco m á s hubiera sido río, porque arrastraba bastante caudal de agua. E n el riachuelo se metió el borrico, ó le metió á palos el mozo; pero al llegar al centro tropezó, y la bestia y los sacos cayeron al agua. No se encontró mal en aquella postura el pobre asno; así es que estirando el cuello y sacando el hocico para no ahogarse, se quedó de buena gana todo el tiempo que pudo en el centro de la fresca y consoladora corriente. El mozo juraba y maldecía; pero no podía levantar al animal, ni podía darle de palos á su gusto; así es que tal estado de cosas se prolongó mucho tiempo. Cuando al fin el borrico se levantó y salió á la otra orilla, toda la sal se había disuelto en el agua, y los sacos estaban vacíos por completo. ¡Qué dicha experimentó la pobre bestia, qué felicidad tan honda! El peso había desaparecido, la salmuera se había lavado, y terminó la jornada con u n trote ligero y gozoso. Si D. Tomás hubiera sido el borrico, ó el borrico hubiera sido D. Tomás, cosas ambas que, dada la fecundidad de la Naturaleza, sus grandes recursos y su infinita variedad, no son completamente absurdas, hubiera escrito en su diario: Cuando se lleva una carga muy pesada y se encuentra un arroyo, hay que dejarse caer en él y hay que estar en el agua un buen rato. Pues esto hizo el borrico, según parece: escribir esta sentencia ó este consejo en alguna de las circun-