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X. KXFKRIKHCIJL NAEEACION CASI FILOSÓFICA kos Tomás Barrientos era p e r sona de juicio y de prudencia. Nunca tomaba resolución alguna sin meditarla largo tiempo y sin pesar antes las ventajas y los inconvenientes en balanza de precisión. No; hombre precipitado no lo era don Tomás. Y no s e fiaba de su razón, ni de sus impulsos naturales, n i de su instinto, sino que pesaba y medía las cosas y las contrastaba en la experiencia propia y en la ajena. A l a experiencia le profesaba D. Tomás Barrientos culto respetuoso. E n lo pasado decía él que estaba escrito lo porvenir, y que allí debía buscar todo hombre las reglas d e s u conducta. E l raciocinio a priori e r a engañoso, propio sólo d e idealistas insustanciales y de los viejos siglos de la Metafísica. Y así él, siempre que había de tomar una resolución en asuntos d e cierta importancia, buscaba e n su memoria ó en los a p u n t e s de su diario algún caso análogo, y e n él tomaba enseñanza, y por sus enseñanzas s e decidía á ejecutar tales ó cuáles actos. P e r o como el diablo es travieso y á quien m á s le gusta atormentar es al h o m b r e prudente, la experiencia le solía dar soberanos chascos á D. Tomás Barrientos. Vaya de ejemplos: Llegaba e l 16 d e Octubre, y el diario le decía que el día 15 del Octubre anterior había hecho frío, y que por no llevar ropa d e invierno había cogido u n terr ble catarro, que á poco más se gradúa de pulmonía. P u e s aunque el termómetro marcaba 18o á la sombra y algunos m á s al sol, D. Tomás vestía ropa de invierno, mediante cuya precaución sudaba más d e lo justo, y se acatarraba también. Pero no por; ésto perdía confianza en la experiencia, porque observaba que el año anterior hp, bía sido bisiesto y que el corriente no lo era con lo que corregía de este modo el precepto experimental; en los años bisiestos hay que ponerse ropa de invierno el l o de Octubre; cuando no lo son, hay que consultar el termómetro. E n el orden moral también sufrió algunos desengaños. Le prestó á un amigo 6.000 reales sin recibo, y el amigo se los negó. De donde dedujo él esta regla experimental; no se debe prestar nada á los amigos sin el recibo correspondiente. I Pero le acompañó en cierta ocasión hasta la puerta de su casa otro amigo de los más íntimos, y como en aquel momento empezase á llover, le pidió prestado el paraguas. Y D. Tomás, acordándose de la regla que se había impuesto, le dio el paraguas, sí, pero le exigió que subiese y le extendiera u n recibo. Hay, sin embargo, gente muy susceptible, y el amigo se ofendió de veras, le tiró el paraguas á la cabeza, le llamó imbécil y le volvió la espalda. D. Tomás escribió en su diario. Aunque siempre hay cierto riesgo, los paraguas pueden prestarse á los amigos íntimos sin necesidad de recibo. I b a por la C a r r e r a d e San Jerónimo u n a tarde de verano nuestro D. Tomás, naturalmente d e cara al sol, y en dirección contraria venía una señora, que resultó ser muy guapa. Tropezó con ella, que fué tropiezo agradable, y se disculpó galantemente diciendo: Dispénseme usted, señora; iba deslumhrado, y es natural, puesto que iba de cara al sol y acompañó la galantería con u n ademán gracioso que indicaba claramente el sol es usted La señora resultó muy amable, le tendió la mano sonriendo y se hicieron amigos. t) Tomás escribió en su diario: En las tardes de verano hay que ir por la Carrera de San Jerónimo de cara