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REVISTAMLUSTRADAF AÑO XII MADRID, 25 DE OCTUBKE DE 1902 NÚM. 599 ACTUALIDADES EL ESCULTOR S U N O L -T R Á G I C A MUERTE DEL AERONAUTA MR. BRAUMÍY L O S G E N E R A L E S B O E K S E N P A R Í S -J U E G O S F L O R A L E S DE Z A R A l i O Z A N artista ilustre, el escultor catalán Jerónimo Suñol, ha muerto en Madrid. Era una personalidad vigorosa: espíritu recio, templado en la lucha; corazón entusiasta, manos incansable? inteligencia elevada, sensibilidad exquisita. Quizás haya habido y hay, sin duda, otros más hábiles, más diestros en el arte de impresionar y de seducir. Ninguno ha aventajado á Suñol en lo que debe constituir el mérito principal de un artista estatuario: en la calma y el r e p o s o para concebir, en la clásica sencillez para ejecutar. Pero sobre todo, Suñol era algo más que un simple e s t a t u a r i o era nn filósofo y un poeta, era un creyente y un patriota. Dícenlo todas sus obras, pero principalmente la famosa estatua de Dante, JERÓNIMO SUNOL cien veces reproducida y conocida en el mundo entero. Entre los innumerables libros, entre los infinitos discursos que acerca del gran poeta florentino se han escrito y pronunciado, apenas se encontrará una página tan elocuente, tan honda, que tan bien le defina y califique y resuma su grande, agitado y meditabundo espíritu como la trazada por Suñol con sus cinceles. Así, como Suñol lo concibió y lo ejecutó, era, sin duda, el autor de la Divina Comedia. En aquella estatua en que todo piensa, todo vibra, todo parece sumido en profunda reflexión, la cara fina y angulosa del poeta, las manos, los ropajes con clásica llaneza repartidos, la personalidad del vate vive, se conserva, cual si existiese fiún. Y si la estatua de Dante le acredita de filósofo y poeta, las estatuas de Colón, lo mismo la que modeló para Madrid que la que esculpió para Nueva York, demuestran que era además Suñol un hombre de fe viva y ardiente, un patriota de verdad. Nada más grandioso que la figura del descubridor, en cuyo rostro y en cuyo cuerpo, que parece avanzar hacia el más allá, resplandecen la confianza y la fe. El hombre capaz de comprender, de retratar y hacer revivir á tan grandes genios, no era, pues, un mero ejecutante, era lo que debe ser ante todo un gran artista: un pensador reposado y despacioso á quien la inspiración no le acudía á saltos, tumultuosa é inesperadamente; un trabajador incansable, un constante observador de la Naturaleza y un obrero muy delicado y escrupuloso. Su muerte es una gran pérdida para el arte patrio. SAN P A B L O E S T A T U A M O D E L A D A P O R S U N O L U